martes, 22 de noviembre de 2011

Last dance with Mary Jane



Mary Jane era una mezcla entre Lolita y cualquiera de las vírgenes suicidas de Eugenides. Me gustaba porque era como era, iba de cara y básicamente jugaba con los sentimientos de chicos lánguidos que nunca soñaron siquiera con tener a una chica como ella entre sus brazos.


Take me as I come cause I won´t stay long.

Mary Jane nació en Indiana y no se sabe dónde morirá. Es una chica que deja las camas vacías. Un misterio. He dicho Lolita pero en realidad podría ser Suzanne, es decir, en un momento dado, a los 12 años, se le pondría cara de nínfula, algo más tarde, sería el secreto escondido de la casa de los Lisbon si su madre no hubiera sido otra bala perdida como ella y, ya pasado su esplendor pero intacta su magia, su incomprensible magia que atrae a poetas perdidos, sería Suzanne sentada junto al río. En cualquier caso, hablamos de una chica destinada a joderte la vida, desde el día que la conoces.

Yo fantaseaba con conocer a Mary Jane -después la conocí y no era para tanto- y enamorarme locamente, aunque me destrozara el corazón mil veces. Tenía 16 años y el corazón ya me lo estaban destrozando de todas maneras así que puestos a elegir, como siempre, me quedaba con la estética. De la canción de Tom Petty me gustaba el personaje y me gustaba la decadencia. No sé por qué toda esa canción a mí me suena a decadencia, tiempos pasados y Holly Golightly. Cuatro mujeres en una y vaya mujeres.

Si uno se fija, la decadencia ya estaba incluso en el título: "Last dance with Mary Jane". El atractivo de los últimos bailes. Ser el chico del último baile, es decir, pasar a la historia. ¿A quién no le atrae eso? Eran las mañanas de Cadena 100 con Jose Antonio Abellán. Las mañanas de "Hooked on a feeling" pero sobre todo las de Tom Petty y las de David Bowie dando sus últimos coletazos con "Jump they say". Tiempos inimaginables ahora mismo y de todo esto no han pasado ni 20 años.

En 2030 los chicos hablarán melancólicamente de canciones de Rihanna y Pitbull. Esta es la España que nos deja Zapatero.

Canciones que uno asocia a los desayunos igual que asocia el "Instant Street" de dEUS a las duchas matinales o los recopilatorios de La Cabra Mecánica a la hora de afeitarse. No busquen razones, no todo tiene una razón. Magdalenas de Proust.

Mary Jane me recordaba a familias que huían a ciudades caras en busca de tratamientos milagrosos. Familias que se descomponen desde la óptica del niño pequeño que pierde a su hermano. Mary Jane era la reina de la promoción de autistas, eso era. Intenté escribir sobre todo ello en pretérito imperfecto pero creo que fracasé. He escrito tanto ya que no sabría diferenciar un éxito de un fracaso ni aunque se vistiera como Pau Donés en una convención del PP.

Algo me dice que la combinación Lolita-Lisbon-Suzanne-Golightly da para algo más que este artículo, pero no sé muy bien a qué me refiero. Una muy buena idea muy venida a menos, supongo... I don´t know but I´ve been told... you never slow down, you never grow old...Tengan piedad de mí, yo tenía 16 años y soñaba con amores imposibles, ¡deseaba amores imposibles! ¿Qué me ofreció la vida más tarde? Exactamente lo que yo le había pedido.

miércoles, 16 de noviembre de 2011

El psicólogo de Bugno


Gianni Bugno rodaba imperial con su jersey tricolor, blanco, rojo y verde, completamente acoplado a la bicicleta. "Parece que no se mueve", decían los comentaristas y era verdad: el fondo iba cambiando, centelleante, pero Bugno apenas movía el tronco, la cabeza, un delicado pedalear como único signo de vida.

Bugno era Federer. Un Federer perdedor, si quieren. Un Federer que tuviera que jugar cada torneo contra Rafa Nadal. Bugno iba a comerse el mundo en 1990, cuando ganó el Giro de Italia siendo líder desde la primera jornada a la última, y fue Induráin y se lo merendó. En medio quedaron varios campeonatos de Italia y algún campeonato del Mundo, etapas en todas las grandes vueltas, varias clásicas, decenas de carreras de una semana y al menos un par de victorias en Alpe D´Huez.

Simplemente, al italiano le tocó nacer en el momento equivocado.

Bugno no se entiende sin Induráin como no se entiende sin Chiapucci. Los tres ocuparon el podium en el primer Tour del navarro y lo ocuparían -cambiando el orden de los italianos- en el segundo. Donde Chiapucci era garra, trampa, vendetta, locura, demarraje sin sentido en el avituallamiento, guerra de guerrillas, mourinhismo... Bugno era clase y cerebro, calculadora y aguante. La capacidad para no descomponerse nunca, incluso cuando se quedaba atrás y parecía que los demás estaban siendo descorteses con él, que lo suyo era ir a ese ritmo y no correr como locos cuesta arriba, con lo que eso cansa.

Por supuesto, a estas alturas se habrán dado cuenta de que yo era un fanático de Bugno. No tanto como para desear que le ganara el Tour a Induráin pero sí como para apostar por él en las porras que siempre perdía. La gran esperanza, el gran sucesor. Dicen que después de perder con Induráin el Tour del 91 y tras la exhibición de Miguel en el Giro del 92, Bugno contrató a un psicólogo para vencer sus complejos y llevarse por delante a su némesis. Aprender a confiar en uno mismo, el eterno problema del niño prodigio, del fuoriclasse a quien devastan las expectativas, incapaz de agradar a nadie y mucho menos agradarse, eso por descontado.

La anécdota del psicólogo de Bugno llegó hasta el punto de que después de una de las exhibiciones contrarreloj de Induráin, puede que fuera en Luxemburgo, puede que fuera en Bergerac, Forges sacó una viñeta memorable en la que un hombre con los pelos erizados y ojos fuera de las órbitas, párpados caídos, fuera de sí, miraba al infinito. "El psicólogo del psicólogo de Bugno", ponía.

Ya ven, él se buscaba un terapeuta y el Gatorade le fichaba a Laurent Fignon. Penélope tejiendo y destejiendo.

Tenía que ser complicado: a Bugno se le quería poco por ser Bugno -aunque los tifosi llenaran las carreteras de Sestrières con sus pintadas: "Bugno, facci sognare; Bugno, facci sognare- y se le despreciaba por no ser Induráin ni ser Chiappucci. Tuvo tres Tours soberbios -1990,91 y 92- y ya lo dio por imposible. Dejó al psicólogo y creo que se divorció, aunque esto último igual me lo estoy inventando. Siguió corriendo hasta 1998, con 34 años. Su última gran ronda fue la Vuelta a España de ese año, la Vuelta del Chava y Olano.

Bugno se dejó ver, elegante y ausente, misterioso, ganó su etapita de veterano y colgó la bicicleta. Su reino no era de este mundo.


miércoles, 9 de noviembre de 2011

La vendedora de rosas


Puede que la influencia viniera de antes de "Kids" o "El odio". Seguro que sí, pero esas dos películas estaban ahí como versión naïf del infierno adolescente, casi infantil. Los problemas de los barrios bajos estadounidenses o de la "banlieue" parisina. Chorradas. Mala conciencia de niños bien. ¿Querían dolor de verdad, querían un retrato de drogadictos, camellos, pistoleros, chabolistas, familias desestructuradas, niños con el pegamento en la nariz hasta caer redondos? Ahí estaba Víctor Gaviria para mostrarlo en lo que forzosamente tenía que ser una recreación, una actuación, pero donde el truco no se veía nunca.

Si esos chicos estaban siguiendo un guion, nada lo hacía pensar así. Lo más impactante de "La vendedora de rosas" debería ser el "making of" de "La vendedora de rosas". No sé si lo hay. Si no lo hay, alguien debería editarlo ya. Medellín. El horror. Algo parecido a un viaje a las tinieblas donde Kurtz no es más que un violador de niñas o un drogadicto de torso desnudo hablando en su jerga.

Gaviria consiguió lo impensable: rodar una película en español con subtítulos en español. Todo el mundo habla tan pasado de rosca que es imposible entender nada más allá de "gonorrea" por aquí y "gonorrea" por allá. Los subtitulos funcionaban como un tiro: era la explicación para las burgueses, la constatación de que tu lugar era ese: el del burgués que no entiende el dialecto y necesita que se lo traduzcan. Aquello no era una consideración, aquello era casi una venganza. Usted no sabe lo que está pasando y aunque lo supiera no lo entendería jamás, salvo que yo se lo deletreara.

"La vendedora de rosas" era algo parecido a una película coral con un personaje que centra las cosas a lo Martín Marco. Una niña en torno a los 12 años que tiene que tirar adelante de su propia familia vendiendo rosas con cara de pena. Una niña que se droga, que la roban, que abusan de ella, que acaba muerta de un disparo en una batalla cualquiera. Aquí no hay un rostro compungido de Chloe Sevigny intuyendo lecciones morales. Aquí hay una guerra. Punto.

Gaviria lo intentó años después con "Sumas y restas", película que, hasta donde yo sé, no se llegó a estrenar en España más allá de un pase de prensa furtivo en el Festival de San Sebastián. La crítica la destrozó. A mí me encantó, para variar. Había en "La vendedora" un punto de lagrimilla socialdemócrata que a veces irritaba. En "Sumas y restas" no. Ahí no estaban los camellitos de la calle con sus inhaladores: allí estaban los señores de los cárteles, los de arriba... Y los de arriba, con su poder, su dinero, sus casazas, sus servicios de protección... estaban tan perdidos como los de abajo y hablaban de la misma manera incomprensible.

Un lenguaje común para el explotador y el explotado. Una película no se entendía sin la otra.

Las distribuidoras prefirieron no verlo así: con una tanda de palos en San Sebastián les valió y no quisieron repetir. Puede que "Sumas y restas" fuera más decadente, pero ahí estaba su encanto. Hay un límite de sufrimiento que podemos aguantar y el límite depende de dónde coloquemos la normalidad. Una muerte es un drama, 200 muertes es una tragedia incomensurable, 200.000 muertos es una cifra sin más. Gaviria quiso poner el acento ahí pero no le dejaron. Tú a tus niños y a tus barrios pobres, no nos mezcles las cosas que nos perdemos sin subtítulos.

Y ahí sigue el hombre, intentando volver a las pantallas... o quizá no, sin intentarlo en absoluto. Nunca lo sabremos. No existe. Uno pasa de gran revelación a gran fracasado de una película a la siguiente. Esos son los tiempos. Esas son las prisas.

jueves, 3 de noviembre de 2011

La tercera vía


Cayó el muro y cayeron las ideologías. Ese fue el eslogan. La realidad iba por otro lado desde hacía tiempo: la socialdemocracia europea, incluso el comunismo occidental, tenía ya poco de marxista y desde luego casi nada de soviético. Un socialismo de OTAN y Comunidad Económica Europea, no nos volvamos locos. Si hubieran mirado a España se habrían dado cuenta pero a España nunca la miran porque siempre está haciendo alguna cosa rara.

Mientras nosotros votábamos al PSOE religiosamente cada cuatro años, el resto del mundo se obcecaba en sus Reagan, Bush, Thatcher, Major, Andreotti, Kohl y esa figura tan extraña que fue Mitterrand, una especie de Metternich del siglo XX.

Así que cuando la derecha -sea eso lo que sea- cayó en el resto del mundo y dio paso a la socialdemocracia, hubo que inventarse un nombrecito para vender el producto. Y el nombre en cuestión fue "tercera vía". En realidad, se trataba de no dar miedo, igual que cuando el PP se empeñaba en decir "no, de centro, nosotros de centro". El partido laborista inglés quiso reinventarse y apareció Tony Blair con su sonrisa, sus orejas de soplillo y su juventud arrolladora, hoy perdida entre multimillonarias conferencias y consejos de administración. Blair era el Felipe de 1997. El hombre del cambio tranquilo tras casi dos décadas de gobiernos conservadores.

Mientras la derecha británica se descomponía en mil batallas internas, Blair se limitaba a tranquilizar a todo el mundo, "calmar los mercados", que lo llamarían ahora. "Somos la tercera vía", dijo, y se quedó tan ancho, como si aquello del punto medio entre el liberalismo salvaje y el comunismo dictatorial no hubiera existido nunca antes. Como si la socialdemocracia europea no consistiera precisamente en eso. Junto a Blair, salió una nueva generación de progresistas como setas: Jospin, en Francia, Schroeder en Alemania, Prodi en Italia... Borrell lo intentó en España pero acabó sucumbiendo al aparato del partido, como buen político español.

Aquello de la "tercera vía" se expandió con tanto éxito que incluso Clinton y sus demócratas se quisieron unir a la fiesta mientras bailaban "La macarena". Quizá se tomaron a sí mismos muy en serio. Jospin el que menos, por eso duró tan poco. Blair y Schroeder intentaban no molestar a nadie y si había que hacerse fotos con la Reina Madre y besarle la mano, adelante, lo que fuera. Un hombre que pasará a la historia por acuñar la frase "la princesa del pueblo" antes de que Jorge Javier Vázquez se la aplicara a Belén Esteban.

El papel de la tercera vía fue un papel muy soso porque no había nada que hacer. Todo estaba atado y bien atado. Se limitaron a discursos más o menos vacíos, alianzas peligrosas, algún agit-prop desganado... y a continuar las medidas neoliberales de sus antecesores, las mismas que nos tienen ahora donde nos tienen. Clinton cayó el primero, o más bien cayó Al Gore, que se pasó a la meditación, la ecología y las charlas a cien mil euros la sesión. Después fue Jospin, que nunca acabó de enterarse de la historia. Prodi, a la italiana, decidió aparecer, reaparecer, transformarse y acumular dimisiones compulsivamente. Schroeder y Blair se quedaron casi hasta el final, justo cuando el barco se empezaba a hundir.

El alemán se comió el primer marrón de las reformas impopulares y le dijo a Merkel "tú te encargas del resto", el inglés ni eso: se echó a un lado, le pasó a Gordon Brown el "tú la llevas" y se dedicó al retiro dorado apenas pasados los 50 años. Entonces la derecha arrasó en todo el continente: Cameron, Berlusconi, Sarkozy, la propia Merkel, los gemelos polacos... En España, como siempre, diez años a destiempo, Zapatero ganaba sus segundas elecciones.

miércoles, 26 de octubre de 2011

The Verve- Bittersweet Symphony


Dos ideas brillantes y el mejor momento posible. La primera, por supuesto, el sample de "The last time" de los Rolling Stones, esas cinco notas repetidas hasta la obsesión por una orquesta, machaconamente, sin que puedas deshacerte de ellas en ningún momento, solo es pensar en la canción, en que vas a tener que escribir sobre la canción y ya están las notas ahí, persiguiéndote. Prueben ustedes. Silben algo ahora mismo, a ver qué les sale.

La segunda idea brillante: el vídeo. Richard Ashcroft, con su aire de chico malo del brit pop, se coloca en la marca frente al semáforo y arranca lo que pretende ser un plano secuencia de casi cinco minutos, andando siempre de frente, esquivando y chocando, un kamikaze urbano, un hombre que va recto hacia no se sabe dónde, la firmeza, la estética, antes que cualquier otra cosa. El sentido por encima de la dirección. Aquí estamos, entretennos.

Y luego está el momento, claro. 1997. Las guerras del "brit pop" entre Oasis y Blur ya han aburrido a todo el mundo. Ellos están madurando y destrozando hoteles y los demás nos hemos quedado un poco huérfanos de nuestra ración de desencanto. Ahí entra The Verve: "It´s a bittersweet symphony, that´s life...", que es un topicazo como una casa pero no deja de ser efectivo, sobre todo cuando ves a la sinfonía en movimiento, andando impertérrita hacia ti, cantando compulsivamente: "No change, I can´t change, I can´t change, I can´t change...", que es algo que un adolescente siempre querrá oír porque de alguna manera le legitima.

Ashcroft supo contactar con la generación de veinteañeros-treintañeros a los que el sentido común les venía un poco grande. Los peter panes. Toda esta generación de los 70 es una generación de peter panes, esto es así. La realidad te pide que cambies y tú buscas una excusa y si esa excusa es un estribillo, mucho mejor, por supuesto. Era la única canción que le gustaba a mis amigos siniestros y tiene su lógica: aquello era mucho más que la banda sonora de una tribu urbana, era la banda sonora de cualquier tribu urbana, casi por definición.

Digan lo que digan los demás.

También tenía su parte mala, por supuesto. En mi caso, por ejemplo, 20 años cumplidos aquella misma primavera, primer viaje "de novios", precisamente a Londres, donde la canción -y el "OK Computer" de Radiohead- estaba hasta en la sopa, la idea de cambiar de grupo me daba una pereza enorme. Mis gustos eran mis gustos eran mis gustos. Que el segundo single de aquel disco se llamara "Drugs don´t work" no ayudó nada. Y no sé si pretendía ser irónico o moralista. Autocompasivo o autodestructivo. Simplemente es un título de bajón y uno no va por la acera estampando ancianitas y skinheads contra las paredes para acabar melancólico en un "chill-out" meditando sobre tu extraña relación con la heroína.

Eso lo puede hacer Nacho Vegas, pero Nacho Vegas nunca se pondría una cazadora de cuero.

miércoles, 19 de octubre de 2011

Las futbolecciones de Jorge Valdano


Siempre ha habido algo extraño en la relación entre Jorge Valdano y el fútbol como deporte a la antigua: aquellos estadios de Las Gaunas, Atocha, Carlos Tartiere... el barro manchando las medias y las camisetas de los jugadores y el argentino impertérrito gritando en la banda "toque, toque, toque" con Ángel Cappa al lado mesándose el bigote. El lugar natural de Valdano, delantero centro de choque y remate en su momento, parecía más bien la cátedra. Se sentía cómodo. Se le daba bien.

Atizarle ahora a Valdano parece fácil porque se ha convertido en el antihéroe dentro de la narrativa del antihéroe, es decir, una némesis al cuadrado. Sin embargo, en 1994, Valdano era un hombre de un prestigio enorme: no solo había salvado al Tenerife del descenso en su primer año sino que le había llevado a Europa el año posterior y se había defendido muy bien en la UEFA para ser un equipo que aparecía poco menos que de la nada.

Un año después, ganaría la liga cómodamente con el Madrid rompiendo cuatro años de dominio barcelonista, 5-0 incluido. Era el rey del mundo.

Sin embargo, incluso entonces había un punto de distancia infinita entre la realidad y Valdano. El fútbol entendido como plan quinquenal: su empeño en apartar a Zamorano y a Amavisca del equipo hasta que se dio cuenta de que el equipo no era nada sin Zamorano ni Amavisca. Valdano, como decía Manuel Jabois en aquel memorable artículo sobre Xavi y el Barcelona actual, no solo necesitaba ganar sino necesitaba poder explicártelo. Sin narrativa no había triunfo real.

En ese sentido, su apogeo llegó en el verano del Mundial de Estados Unidos. Un equipo de TVE se desplazó a Tenerife a grabar unas sesiones de entrenamiento con juveniles de Valdano y Cappa. En un ataque de modestia lo llamaron "futbolecciones". La verdad es que aquello era la hostia, más que nada porque los mini-reportajes de cinco o diez minutos te llegaban en medio de un Bolivia-Corea del Sur con siete medio centros defensivos y te parecía que te habías equivocado de canal.

Clemente en el banquillo y Valdano en la televisión. El orden de las cosas.

Recuerdo algunas de aquellas "futbolecciones" con cariño y creo que coincidía en todas ellas: la ubicación del delantero, el achique de espacios, el concepto del toque y el equipo como "once jugadores y no diez jugadores y un portero". Cada frase tenía la contundencia de cualquier frase pronunciada por un argentino y su estética. Todo en Valdano es estética hasta sus últimas consecuencias. De ahí, probablemente, que al primer fracaso se borrara del mapa táctico.

Alguien debería recuperar esos reportajes, esos "toco y me voy" de cinco minutos. Aunque solo sea para poder leer los cientos de mensajes de la yihad mourinhista al respecto. Toque, toque y toque. Por lo que veo no están ni en YouTube. Qué desprecio a la belleza, a la nostalgia, a mi hermano y yo borrachos en Villalba pasándonos una lata de Coca-Cola con los pies imitando acento porteño.

miércoles, 12 de octubre de 2011

Amo tu cama rica


Madrid después de los 80. La nueva ola de la nueva ola. La nueva resaca, más bien. Pedazos de realidad y hombreras desperdigadas por la calle. Historias de amor confuso en bares donde la decadencia ya era un hecho, donde la diversión se había convertido en un hablar pastoso y una delgadez preocupante. Ariadna Gil. La bellísima Ariadna Gil con ese gesto post-adolescente de disgusto permanente, sonrisa  forzada, invitación a un coqueteo que ella no va a empezar, pero quizás tú, si tienes suerte...

Ánimo, valiente.

El valiente era Pere Ponce. En los últimos años se ha dedicado a hacer de cura, pero a principios de los 90, Ponce simbolizaba al nuevo seductor, es decir, a Peter Pan. Ponce viviendo con su familia, conquistando mujeres con chistes espantosos pero cándidos y bajando los ojos para seducir a Gil o a Penélope Cruz cuando Penélope Cruz recién salía de Alcobendas.

Había motivos para identificarse con Ponce igual que había motivos para identificarse con Gabino Diego, aunque yo siempre vi en el humor de Gabino Diego una cierta incomodidad, como si no pudiera quitarse de encima el papel de hijo y nieto de Galvanes, y tuviera que recurrir a la sobreactuación. En Ponce incluso la sobreactuación, cuando llegaba, era enternecedora. Un osito de peluche. Eso era Pere Ponce en la disipada vida de Ariadna Gil, escenas de cama con hermano y desayuno familiar.

La torpeza de Ponce. La fingida torpeza de Ponce. Siempre me han encantado los torpes que no saben que  no son torpes, probablemente porque ese sea mi caso. Gente que no controla su poder, simplemente, y acepta la derrota y luego cuando gana, ¿qué puede hacer? No acudir a citas, entrar en pánico, vagar por discotecas... Martínez-Lázaro y su visión del amor juguetón, de debajo de las sábanas. Un amor romántico, sin duda, de soñadores, y por la misma razón, un amor cruel al borde de lo kamikaze.

"El columpio", por ejemplo. Hay una línea que se puede seguir perfectamente en el cine romántico español de principios de los 90, un cine excelente que por alguna razón desapareció en cuanto desaparecieron Gabino Diego, Pere Ponce y Jorge Sanz y murió el nunca suficientemente valorado Cassen. Ellas supieron cambiar de registro. Ellos, no; tuvieron que recurrir a monólogos, sotanas y series narrando su autodestrucción.

Volvamos a la línea romántica de los 90: en 1991, Martínez-Lázaro estrena "Amo tu cama rica" descubriendo a Ariadna Gil y a Pere Ponce. En 1992, Álvaro Fernández Armero rueda "El Columpio", excepcional cortometraje con la propia Ariadna Gil y el sorprendente Coque Malla, hasta entonces cantante de Los Ronaldos, macarra reconvertido en niño bueno y tímido que no sabe expresar sus sentimientos. En 1994, la eclosión: Martínez-Lázaro rueda "Los peores años de nuestra vida" uniendo a Gil con Gabino Diego y Jorge Sanz, un menage-a-trois delicioso, Armero dirige a Coque Malla y Penélope Cruz en "Todo es mentira" y Colomo rescata a Cruz para unirla a Ponce en "Alegre ma non troppo".

Y tras la eclosión, el silencio. O algo peor que el silencio, algo parecido a Juanjo Puigcorbé o Aitana Sánchez-Gijón.

Se rompió la narrativa adolescente. De golpe. Como si Madrid solo pudiera seguir entendiéndose en clave ochentera, en clave "Opera Prima", aunque fuera en sus estertores. Era fácil narrar la historia de esas flores temblorosas entre el horror del reflujo, pero cuando esas flores ya empezaron a marchitarse no hubo manera de crear un relato propio. El otro día lo hablaba con unos amigos: no hay un relato propio de los 90. No hay una narrativa. Quizá pueda haberla en Barcelona, no lo dudo, desde luego en Valencia, una narrativa de polígonos, discotecas de hormigón y fiestas rave en los aparcamientos. Pero lo más cercano a una narrativa sólida del Madrid de los 90 fue lo que hizo José Ángel Mañas: cinismo, desesperación, nihilismo y tontería, mucha tontería.

Incluso Ray Loriga parecía avergonzado de tener que vivir en la década estúpida.

"Amo tu cama rica" era la última sonrisa de los tiempos de Colomo, Trueba y compañía... la risa tonta que se queda después de una noche de borrachera a punto de terminarse. El canto de cisne de Peter Pan. Las películas de Martínez-Lázaro, las de Fernández-Armero nos ayudaban a pasar el trago, esas horas incómodas desde que te echan del bar a patadas hasta que amanece por fin y abren el metro para volver a casa. Volver a casa. En los 80, solo mencionar esta frase provocaba un ataque de angustia. En los 90, tengo la sensación, empezó a ocurrir todo lo contrario: por lo menos ahí, en principio, nadie podía hacerte daño.