miércoles, 27 de julio de 2011

Eugeni Berzin



No sé si en el resto del mundo la figura de Berzin es tan recordada como en España. Me cuesta ubicar exactamente su carrera en el lugar que le correspondería por sus méritos. Berzin fue la kryptonita de Induráin y lo fue dos veces, que no es decir poco. Primero, por supuesto, en el Giro de 1994, la primera gran vuelta que perdía el navarro en cuatro años, aquel Giro de emboscadas, con Massimo Ghirotto y Moreno Argentin compitiendo en argucias y bonificaciones y Marco Pantani reventando la carrera en cada puerto, alopécico pero no rapado, con el culotte azul vaquero de los Carrera.

De aquel año aprendimos muchas cosas, sobre todo, el nombre Mortirolo, símbolo de la caída de un imperio. Induráin iba a Italia como Contador va últimamente a Francia, a la de Dios, sin equipo, así me las pongan todas. Arrasaba en las contrarrelojes a los diminutos escaladores italianos y luego se limitaba a cogerles rueda.

Con Berzin era distinto porque Berzin llegó a ser tan buen contrarrelojista como Induráin siendo mucho más ligero en la subida. Rubio, ruso y joven, Eugeni iba para gran estrella de la década hasta que le pasó como a casi todos los jóvenes eslavos que destacan en lo suyo muy pronto: se perdió. No pretendo ser ningún moralista, yo creo que si tienes 24 años y estás forrado tu obligación es perderte. Si no lo eres, no, tu obligación es trabajar y pulir tu talento.

Aún quedarían un par de años para eso: la temporada siguiente volvió al Giro y quedó segundo, detrás de Rominger y delante de Ugrumov, compañero de equipo en aquella impresionante Bianchi y con el que se las tuvo tiesas de la primera etapa a la última. Con un palmarés envidiable y 26 años, Berzin se plantó en el Tour de 1996 dispuesto a dar el salto de calidad.

Este fue el segundo encuentro sucesorio con Induráin. Hablamos de aquella subida a Les Arcs donde a Miguel lo reventaron el frío y el hartazgo. El tirón no fue de Berzin, porque él no se encargaba de esas cosas. Sería de Riis o de Ullrich o de Rominger o de Virenque o de Olano. No, de Olano no creo. El caso es que Berzin, mucha gente no lo recuerda, fue el que se puso de líder en esa etapa con el mismo tiempo que el donostiarra y el día después dio una exhibición en la crono de Val D´Isere que le dejó con casi un minuto de ventaja sobre el segundo.

¿Llegaba Berzin después de tres años exitosos para quedarse? ¿Sería el ruso el sucesor,como lo fue en 1994? No tardamos mucho en salir de dudas. La tercera etapa alpina acababa en Sestrières, territorio italiano, y Riis le quitó el amarillo, que no soltaría hasta París. Que Riis era una farmacia andante podíamos suponerlo pero no lo supimos de su propia voz hasta casi 15 años después. Berzin fue cayendo poco a poco en la general hasta que en la etapa de Pamplona, la tristísima etapa de Pamplona en la que Induráin se derrumbó por completo, perdiera más de media hora. Aquello no fue una etapa, fue una sangría. Probablemente fuera el Tour más montañoso en muchos años, la medicina preparada contra el doctor Induráin y que de paso se llevó a su becario rubio por delante.

A partir de ahí, Berzin siguió porque algo tenía que hacer. En 1997 ganó dos pruebas menores y desde entonces hasta su retirada en 2001 ni eso. Pululó por distintos equipos incluyendo el Costa de Almería o la Française des Jeux -que, por cierto, ya que Ángel de Andrés y Pedro Delgado llevan media vida yendo a Francia cada verano podían aprender que la "ese" final se pronuncia porque es femenino- hasta que  ya se cansó y se buscó un retiro dorado, probablemente en el póker, a competir contra su amigo Kafelnikov porque todos sabemos que no hay nada más excéntrico que un ruso excéntrico, del jugador de Dostoievski en adelante.

miércoles, 20 de julio de 2011

4 Non Blondes



Mi primera gran depresión la pasé con 16 años. Una de esas crisis adolescentes de sofá y techo y autocompasión prolongada durante un verano difícil, porque a mí los veranos siempre se me han dado especialmente mal. El verano de 1993, por varias razones, se hizo duro: mes de agosto en Santander estudiando matemáticas, adaptación confusa a nuevo grupo de amigos y el clásico enamoramiento imposible que solo sirvió para ver a la musa caer en manos de otro tipo mucho más prosaico que yo.

Así me encontró septiembre: languideciendo, esperando aún el principio de 3º BUP -los comienzos de curso por entonces no llegaban nunca, iba entrando octubre y te daba el Puente del Pilar y lo más que habían hecho los profesores era presentarse- cuando un amigo me invitó a ir a las fiestas de San Mateo, en Cuenca. Aquello no tenía una gran pinta, recuerden que yo soy todo menos un juerguista y las celebraciones las tomo con ciertas reservas, como si para divertirme antes tuviera que estar seguro de que no mira nadie.

Mi amigo y yo pasamos una semana entera allí. Los mejores días por supuesto, fueron los anteriores al mogollón porque los días de entre semana siempre tienen ese encanto especial que solo los tristes reconocemos al instante. Cenábamos algo de pasta, bajábamos al bar a jugar al futbolín y poníamos unos vídeos en la Juke Box. A mí me gustaba poner "Numb", de U2; a él le gustaba ver "What´s up?" de 4 Non Blondes.

Era uno de esos grupos "one-hit wonders", capaces de hacer una canción que llegue hasta una Juke Box de Cuenca para luego desaparecer por completo. La estética era hippie más que grunge aunque por entonces lo confundíamos todo, el vídeo era otoñal y no llamaba la atención a gritos. Me gustaba. Estoy casi seguro que ese fue el año del "Informer" de Snow y el "Two Princes" de Spin Doctors, un verano antes de los Crash Test Dummies y su inquietante "Mmm Mmm Mmm".

El caso es que el fin de semana acabó llegando porque esas cosas son imposibles de frenar y con el fin de semana llegaron los amigos y la novia de mi compañero de clase. Eso me dejaba en una incómoda posición de Yoko Ono, viendo todo desde una distancia celosa, reclamando mi propia cuota de protagonismo. El miedo al desastre fue mucho mayor que el desastre en sí. De hecho, el desastre nunca tuvo lugar, todo lo contrario: fueron los típicos días de adolescencia mágica en los que todo pasa a una velocidad que desconoces: las noches, el vino, las chicas, las vaquillas, las camisetas firmadas, las peñas con nombres previsibles... todo eso a mis 16 años era un mundo nuevo. Yo, el urbanita, lo más cerca que había estado de una fiesta patronal eran los puestecitos que en otoño ponían en el Parque de Berlín.

Mi recuerdo de aquellos días es el de la despedida. El lamentable último día en el que todo se ve desde una misma dimensión, como si hubiera sucedido a la vez y la cabeza no supiera controlar tantas emociones juntas. España jugaba en Irlanda y ganó 1-3, fue el paso necesario para jugarse la clasificación para el Mundial contra Dinamarca. Habíamos comido pasta con tomate -solo sabíamos hacer pasta con tomate- y yo me asomaba a la terraza con el walkman puesto, tarareando "London Calling" de los Clash y pensando que esa llamada podía ser mi llamada, algo así como un despertador, y que mi ciudad obviamente no podía ser Londres porque me pillaba lejísimos, pero sí podía ser Cuenca, aunque de hecho no lo fue: solo volví una vez, en Semana Santa. Vimos procesiones y fantaseamos con escribir cartas desde el futuro. Eso fue todo. En comparación, prácticamente se puede decir que no fue nada.

miércoles, 13 de julio de 2011

Titanic


Por supuesto, no se lo dije a nadie. Absolutamente a nadie, ni a mi novia de los 90 ni a la Chica Langosta. Compré una entrada para la sesión de las 16,30 entre semana y una vez había pasado suficiente tiempo desde los Oscars. Me armé de muchas palomitas y una buena cantidad de agua por si la de la pantalla no bastaba. En la sala había unas diez personas, no más. Cines Victoria, ya después de la reconversion en distintas minisalas.

Todos los prejuicios eran pocos, eso quiero dejarlo claro: de entrada, el presupuesto, eso ya le chirriaba a un tipo criado a los pechos de Kieslowski. Luego, el director y su prepotencia manifiesta en la gala de los Oscars, ese "I´m the king of the world" que soltó cuando le dieron el premio a la mejor película. En tercer lugar, Leonardo Di Caprio. De acuerdo, el chico había hecho "Celebrity" con Woody Allen pero para nosotros seguía siendo el pijo guaperas de "La playa".

Bien, pues ahí estuve yo tragándome las tres horas de amor, persecuciones y barco que se hunde muy despacio. ¿Y saben una cosa? Que me gustó. Y no solo me gustó sino que salí del cine, llamé a todo el mundo y les dije lo mismo que les estoy diciendo a ustedes ahora: "He ido a ver Titanic y me ha gustado, ¿qué hostias pasa?" En fin, muchos me dieron por imposible, yo, con 20 años ya era un excéntrico... pero es que era verdad, la película me gustó y creo que tuvo mucho que ver toda esa sarta de prejuicios y el hecho de poder disfrutarla en pantalla grande.

Después me he animado algún rato en televisión, pero no es lo mismo. La gracia es que el barco se pusiera en vertical en una pantalla de seis metros de largo no en una de 16 pulgadas.

Me metí en la historia de amor, una historia muy de agua y palomitas: facilona, cursi, todo lo que quieran, pero llevadera, y hasta cierto punto cuando de repente chocan con un iceberg la sensación fue de "coño, ¿y eso de dónde ha salido?" que supongo que era lo mismo que pensaron ellos en su momento. Narrativamente, es un hallazgo: uno debería pasarse la película esperando que llegara el iceberg de marras y cuando llega te quedas a cuadros. Estéticamente, el iceberg, con tanta postproducción de por medio, era francamente mejorable.

El hundimiento se hace más largo cuantas más veces lo ves. Y menos espectacular. La primera vez funciona, a mí me funcionó, ya sé que a ustedes no y me van a poner verde en los comentarios, pero si pasé por ello con 20 años puedo pasar por ello con 34. En los re-visionados sí que me desesperé con el rollo de "te detengo-te suelto-te detengo-te suelto", "me subo al bote-me bajo-me subo al bote-me bajo...". Además, siempre he sido muy de Kate Winslet. Todo el mundo se lanzó a llamarla gorda mientras yo callaba mi atolondramiento enamoradizo. Con los años ha conseguido parecerse cada vez a Emma Roberts y eso es una excelente noticia para ella.

¿Qué recuerdo del fenómeno fan que rodeó a la película, la más taquillera por entonces de la historia? Un capítulo de "Sorpresa, sorpresa" muy divertido en el que Concha Velasco invitaba a un chaval que supuestamente había visto la película 40 veces a conocer al actor que hacía de capitán del barco. "Es idéntico, es idéntico", gritaba el chico. Normal, es que era él. La cosa quedó cutre, sinceramente, no te digo yo que traigan a Di Caprio... pero al capitán del barco. Con lo lumbreras que era aquel mitómano seguro que al actor le tuvo que caer tal bronca que le dieron ganas de volver a meterse en un transatlántico y hundirlo.

Años después. Muchos años después, de hecho, más de diez, rodé un cortometraje. Aquello duraba 10 minutos y tardamos dos días en rodarlo. Aparte de co-dirigir con Pedro Rodrigo, también compartimos la producción ejecutiva y tuvimos que improvisar una producción en rodaje porque el equipo nos dejó tirados. Fueron dos días y 10 minutos. No nos dieron ningún premio pero el corto estaba bien. Entonces entendí perfectamente a James Cameron: si me llego a pasar cinco años con el proyecto, meses rodando y gano 14 Oscars, salgo ahí y no es ya que me crea el rey del mundo es que paso directamente al nivel John Cobra y me agarro el paquete delante de Spielberg y Nicholson mientras grito "Me coméis todos la polla".

Pero no se preocupen, no es probable que eso suceda nunca.

miércoles, 6 de julio de 2011

El triple de Djordjevic



Lo entrenábamos en La Nevera a la hora de gimnasia. Uno hacía de Tomás Jofresa y luego el otro hacía de Djordjevic y ganaba la Copa de Europa para el Partizán, desequilibrado en el salto pero perfectamente equilibrado en la posición del cuerpo, el brazo y la muñeca, un prodigio de ejecución yugoslava. Cuando nos salía era la hostia. El Partizán, un equipo de Belgrado que jugaba en Fuenlabrada, se había llevado la mítica Final Four de Estambul en el último segundo, con todo perdido. Nuestra Final Four, la que acabó a los diez minutos de la semifinal contra el Joventut, perdidos en nuestra propia ansiedad.

El Joventut tenía el encanto del equipo español, acostumbrado a vivir a la sombra de un club de fútbol y a regar de canteranos el resto de la liga. Éramos equipos hermanos. Pero el Partizán era algo más que eso: era Yugoslavia incluso cuando Yugoslavia había desaparecido. No sé por qué, las sanciones habían llegado algo tarde y les permitieron jugar siempre que no fuera en Belgrado. Lo dicho, se fueron a Fuenlabrada. Jugamos en el mismo grupo y les ganamos las dos veces: en el Palacio y en el Fernando Martín, o como se llamara entonces el pabellón de una ciudad cuyo equipo autoctono se perdía en categorías inferiores.

El Partizán era el BA-LON-CES-TO, punto. Uno podía admirar la garra y la decisión de Tomás Jofresa pero no podía dejar de lado la sutileza, la clase, el talento de Djordjevic, Danilovic, Nakic... Habían dado la campanada en cuartos derrotando a la Knorr de Bolonia y luego en semifinales a la Philips de "Gorila" Dawkins. En la final, el favorito indiscutible volvía a ser el adversario, un Joventut en el mejor momento de su historia, con Villacampa, los Jofresa, Corney Thompson, Harold Pressley, Jordi Pardo, Ferrán Martínez... un equipo que ganaría dos ligas ACB consecutivas después de décadas intentándolo y que si no pasó a la historia ahí fue por el milagro de Sasha.

Por entonces, no sabíamos muchas cosas, aunque las intuíamos: por ejemplo, que Danilovic acabaría como estrella en la NBA o que Djordjevic sería el jugador más decisivo en Europa de los 90, incluyendo ligas con Barcelona y Real Madrid. Luego estaban las cosas que no podíamos ni vislumbrar: que el entrenador de aquel Partizán, un ex jugador retirado ese mismo año, Zeljko Obradovic, aún el campeón más joven de la competición, acabaría ganando la Copa de Europa tantas veces como el Real Madrid, la segunda de ellas, precisamente, entrenando al Joventut, dos años más tarde, cuando todavía era más conocido por pedir tiempos muertos en los últimos segundos de partidos decididos ante la desafiante mirada de Manel Comas.

jueves, 30 de junio de 2011

Paloma Ferre


Estábamos pasando quince días de campamento en San Martín de Valdeiglesias. Aquello era un despelote absoluto: ni los monitores sabían qué hacer con nosotros ni nosotros estábamos dispuestos a obedecer en nada. La frase que más repetí en esas dos semanas fue "no es mi rollo", y al final, como título conmemorativo, me dieron una bonita cartulina donde ponía "Para Guille, porque algún día encuentre un campamento sin juegos".

Entiéndalo, teníamos 17 años y Kurt Cobain se acababa de pegar un tiro tres meses antes. Aquello del campamento era una excusa para ligar y perder la virginidad y cuando llegamos allí resulta que la ratio era de cuatro chicos por chica. Así no se hacen las cosas, Leguina. Ellos se empeñaban en que bailáramos el minuet y jugáramos al rescate y nosotros escuchábamos el Unplugged de la MTV en nuestros vagones -no había tiendas de campaña sino viejos vagones de tren con literas- y luego salíamos a psicodeprimirnos en una roca donde los más valientes fumaban porros.

La penúltima noche, coincidiendo con la lluvia de perseidas, las lágrimas de San Lorenzo, decidimos fugarnos un grupito y la cosa se nos fue tanto de las manos que acabamos haciendo auto-stop más de la mitad de los acampados. Los monitores nos pillaron, claro, pero no sabían si castigarnos a nosotros o echarse a llorar directamente: ¿Cómo es posible que se te escape medio campamento en tus narices y no te des ni cuenta?

El resto de gamberradas fueron las habituales: espiar a las chicas en las duchas montados unos en los hombros de otros, meter bichos en los sacos de dormir y ese tipo de adolescencias.

Un día vino un equipo de Madrid Directo a hacer un reportaje. Con el paso de los años me di cuenta de que lo hacían cada verano. Al parecer la reportera encargada era Paloma Ferre. Si se encuentran ahora a Paloma Ferre en algún canal les parecerá una mujer atractiva. Imagínense hace 17 años y rodeada de feromonas girando de vagón en vagón. Todos nos pusimos guapos y nos echamos colonia, a la espera del reconocimiento en formación. Los monitores volvieron a no entender nada. Sinceramente, espero que pasaran un buen tiempo con sus cosas porque nosotros se lo pusimos realmente difícil.

El caso es que llegó la tarde y ahí apareció el equipo de producción, el cámara... y un tipo con rizos para hacer las entrevistas. Inmediatamente, nos disolvimos en desbandada. No era lo que nos habían prometido. Aquel campamento, en general, fue un atentado brutal a nuestras expectativas: las chicas no eran feas pero eran pocas, a algunos chicos les gustaba Nirvana pero la mayoría ponía a todo volumen Celtas Cortos, Héroes de Silencio o Seguridad Social, la trilogía del horror. En la última fiesta, después incluso de fugarnos y ser castigados, organizaron un juego que consistía en imitar a uno de los compañeros delante de los demás para que adivinaran.

A mí me tocó el papel de la mejor amiga de la chica que me gustaba. La típica situación en la que no tenías nada que ganar. Esperé el momento con una media sonrisa en la boca, entre imitaciones más o menos logradas, y cuando llegó mi turno, me levanté muy digno, le di al monitor mi papel doblado y le dije muy solemne: "Yo es que a reírme de la gente no he venido aquí" y me subí al comedor, donde un amigo tocaba fandangos con la guitarrita.

jueves, 23 de junio de 2011

Chete Lera


Primera visión de Chete Lera como hermano de pinta progre en "Familia", la primera y mejor película de Fernando León de Aranoa. Un actor con un empaque extraordinario, sin necesidad de exagerar gestos ni acentos, un tipo que entra en la habitación, dice "buenos días" y te lo crees inmediatamente. Aquella película no solo representaba el debut del estandarte del cine social posterior en España sino que contaba con una jovencísima Elena Anaya, absolutamente deseable, una rejuvenecida Amparo Muñoz después de una década infernal de drogas y depresiones y un relativamente comedido Juan Luis Galiardo, para lo que es el personaje.

Fue una película clave, tipo Pulp Fiction. Aranoa se lanzó al reto de "Barrio", Galiardo vivió una segunda juventud en teatro y cine, Anaya se convirtió inmediatamente en el icono sexual de una generación y Chete Lera, con su sobriedad de psicólogo que sabe manejarse al borde de un ataque de nervios acabó trabajando con Alejandro Amenábar e Icíar Bollaín en apenas tres años. Amparo Muñoz, desgraciadamente, no consiguió levantar cabeza.

¿Qué me unía a mí, con 21 años, a Chete Lera? La confianza en que, en el futuro, yo podría ser como él, es decir, un tipo con apariencia intelectual, elegancia no forzada y mucha tranquilidad. Recuerden que en aquella época yo aún no tomaba ansiolíticos pero empecé a hacerlo poco después de salir del cine sin poder respirar justo antes del final de "Abre los ojos", día de estreno, cines Morasol. Mi novia de los 90 no entendía nada, como tantas otras después.

Probablemente, el recuerdo que todos tenemos de Chete Lera sea precisamente el de Amenábar, el terapeuta que intenta tratar a Eduardo Noriega de algo que él mismo no comprende, que intenta explicar, que intenta razonar, convencer... y acaba en aquella terraza de la Torre Picasso dándose cuenta de que él no existe. Sinceramente, es una de esas películas que con el tiempo se han ido viniendo abajo, algo que creo que no pasará con "Tesis", precisamente por el punto generacional que siempre tuvo, pero si había ahí un verdadero drama no era el de Noriega ni el de Cruz ni el de Nimri, sino el de Lera, desolado, nervios perdidos, compostura desanudada, mirándose las manos sin poder intuir qué iba a ser de él ahora que sabía que él, como tal, no era nada: la invención de un tipo dispuesto a saltar cien metros abajo.

Quizás aquello fue una premonición. Tuvo su papel en "Flores de otro mundo", en una película llamada "Fisterra", que vimos por aquello de que mi novia era gallega e incluso un episódico en "Médico de familia", la serie que separaba a los niños de los hombres. De creer a IMDB, entre 1998 y 2000 participó en once largometrajes y seis cortos. ¡Y ustedes que creían ver a Puigcorbé en todos lados! Algo me dice que se hartó. Puede que ganara suficiente dinero o puede, simplemente, que prefiriera gastar su tiempo en otra cosa. Desde entonces se ha convertido en un secundario o ni siquiera eso, papeles muy circunstanciales en "Remake", "Concursante" y algo más extensos en "Smoking room" y un buen montón de cortos para matar el gusanillo.

Reconozco que cuando le encuentro en pantalla me llevo una gran alegría, aunque solo sea dos minutos y de pasada. Me da igual, inmediatamente conecto con el hombre que quería ser de adolescente y no me paro a pensar ni por un momento si aquel es el tipo maduro que quiero ser ahora que parece que soy un hombre. No puedo evitar pensar que si no llegó más lejos fue porque no quiso. No lo explico de otra manera. Era el prototipo de hombre sensato igual que Carlos Álvarez-Novoa es ahora el prototipo de abuelo entrañable. Se vio en el radar y le entró algo parecido al pánico. Puedo entenderle perfectamente.

Vi los últimos cinco minutos de "Abre los ojos" en una pantalla en blanco y negro, después de haberme echado agua en la nuca y las muñecas y haber retomado la respiración. Obviamente, no entendí nada. Tampoco importaba: hasta entonces no es que la película hubiera sido un libro abierto.

jueves, 16 de junio de 2011

La vie à 2



Viajé a Toulouse. Fue en plena Semana Santa. No solo viajé sino que lo hice con dos fotos suyas, que le había pedido que me regalara unos meses antes. Teníamos esa clase de relación: yo le pedía fotos de cuando no la conocía y ella me las daba y me trataba como si no fuera un "stalker". A mi novia no le hacía ninguna gracia aquello y visto desde ahora no la culpo.

Tampoco la culpaba entonces, pero lo cierto es que yo a quien quería era a ella y no a la chica de las fotos, por mucho que pasáramos las noches en el Parque de Berlín hablando de libros y teatros y nos abrazáramos en los aeropuertos. Resultaba difícil de explicar: el amor no es la fascinación y desde luego no es la mitomanía.

El amor es algo parecido a "La vie à 2" en versión de Manu Chao: allí donde los dioses no se aventuran. Mi novia de los 90 y yo fuimos moderadamente felices durante cuatro años. Digo "moderadamente" porque todo esto lo he revisado demasiado. Si me hubieras preguntado en 1999, hubiera dicho que éramos "muy" felices y probablemente aquello fuera más cierto. El fracaso lo acaba manchando todo y las agencias de rating lo notan. Standard & Poors le da ahora mismo un BB a nuestra relación y todavía nos amenaza de vez en cuando, como a Lehman Brothers.

En fin, yo no solo quería a mi novia de los 90 sino que hacía el amor con ella escuchando a Manu Chao. No debería contar esto pero en realidad no es decir nada nuevo ni escandaloso: obviamente hacíamos el amor y obviamente, en ocasiones, escuchábamos música. Ustedes también lo hacen. Aquella canción me fascinaba, con su letanía "donne-moi de quoi tenir, tenir, je ne veux pas dormir, dormir, laisse-moi voir venir le jour" acompañada de un final prodigioso: "Il est minuit à Tokio, il est cinq heures au Mali, ¿quelle heure est-il au paradis?", que años más tarde se convirtió en "¿Qué horas son, mi corazón?"

El mejor concierto de mi vida fue de Mano Negra en Hortaleza, el segundo fue de Hole en Aqualung y pongamos que el tercero ha sido alguno de Vetusta Morla.

A lo que iba: cogí el avión a Toulouse para ver a la Chica Langosta. Ella estudiaba ahí ciencias políticas y tenía novio igual que yo tenía novia. La primera noche dormimos juntos. Ella durmió, yo no. Yo hice un lémur en toda regla. La segunda noche ya había venido una amiga común y me mandaron a otro cuarto. La última noche acabé en el colchón con la amiga mientras la Chica Langosta dormía con su novio y probablemente hacían el amor al son de alguna canción francesa: "Motiver, motiver, il faut se motiver!".

El momento más absurdo de mi vida fue cuando los cuatro nos juntamos en Barcelona, navidades de 1998. El más absurdo y puede que el más feliz. Hasta la fecha, Barcelona, mi novia de los noventa y la Chica Langosta han sido mis tres grandes pasiones.

¿Qué pasó? Discutimos. A mí no se me puede sacar de casa, eso está claro. La Chica Langosta y yo coincidimos en cuatro países y en los cuatro conseguimos discutir: Grecia, Francia, Inglaterra y España. Si hubiera venido a aquel viaje adolescente a Lisboa seguro que hubiéramos discutido también.

Años después hicimos las paces y ella dijo "parecíamos novios" en un tono que tenía más de reproche que de nostalgia. Supongo que siempre me he preocupado más de lo que parecen las cosas que de lo que realmente son.

A rose is a rose is a rose is a rose.

Manu Chao sacó un segundo disco, aquel de Paz Gómez coqueteando con la cámara. No estaba mal pero no era tan bueno como el primero. Mi novia de los 90 me dejó y la Chica Langosta se fue a Iowa City -yo la escribía cada día un email con el nombre de una canción- y después a Bruselas. Nunca volvió. Hizo una parada de dos años en Barcelona y llegamos a vernos una tarde en La Central.

Pero, en rigor, no, nunca volvió.