Mi hermano y yo nos sentábamos en casa de mis padres y poníamos el CD de "Surfer Rosa". Lo poníamos una vez y no nos gustaba. Nos volvíamos a sentar, lo volvíamos a poner y seguía sin gustarnos. No pasaba nada. Tenía que ser problema nuestro. Tenían que gustarnos los Pixies, fuera como fuera. La música que nosotros escuchábamos giraba en torno a la influencia de ese grupo y no podía ser que les despreciáramos de esta manera.
Kurt Cobain dijo que compuso "Smells like teen spirit" intentando imitarlos. De ahí la importancia del bajo en toda la discografía posterior de Nirvana, entiendo.
El disco era raro. Empezaba por "Bone machine" y seguía con unas cuantas canciones eléctricas de dos minutos, frenéticas, casi punk que derivaban en el onírico "Where is my mind?" -"I was swimming in the Caribbean, animals were hiding behind the rock"- y seguían después su camino hasta la agresividad incontrolada del "Vamos", siete minutos de bajo y batería y gritos sin sentido de Black Francis: "Ay, puñeta, cabrona, maricona, cabrona!!!"
Acababa de volver de un intercambio en Puerto Rico y esa era su concepción del español.
En fin, mi hermano y yo decidimos darnos un tiempo y probar con otras parejas. Creo que él tiró hacia el Bossanova y yo me sumergí en el Doolittle. Ahí sí me reconocía en casa, más allá de la ñoña y comercial "Here comes your man", lo más parecido a un éxito que tuvieron los Pixies nunca. Camino del Puntal y de vuelta del Puntal, en Santander, acosado por el mar y el mareo, escuchaba la cinta: "Debaser", "Monkey gone to heaven" y sobre todo "Hey". Años más tarde, encontré esta deliciosa versión en vídeo:
Yo le cantaba a la chica, a todas las chicas, aquello de "Uh, said the man to the lady; uh, said the lady to the man she adored", esperando que, efectivamente, yo fuera ese hombre que ellas adoraban aunque ellas no se hubieran dado cuenta todavía.
Los Pixies ya se habían separado y Kurt Cobain había muerto. "Trompe le monde", último disco de la banda, incluía varias canciones sobre abducciones y extraterrestres y un rock nostálgico llamado "U-Mass" y dedicado a la Universidad de Massachussets. Por supuesto, ya eran mi grupo favorito. La educación siempre acaba dando sus frutos. Cotilleé el primer disco de Kim Deal por su cuenta, con las Breeders. "Cannonball" fue, para mí, la mejor canción de 1993. Las Amps me gustaron menos.
Black Francis se cambió de nombre, pasó a llamarse Frank Black y publicó unos cuantos discos brillantes pero desconcertantes. Algo parecido a surf de los 50-60 con tintes muy pop. Versiones de los Beach Boys. Hang on to your ego. Muchos años después se reunieron para hacer dinero y la Chica Estrella del Pop y yo los vimos en el Festimad de 2004. Otra década y otros recuerdos. Estaban gordos, viejos y tenían mucha prisa. Ni hablaron con el público ni hablaron entre ellos.
Pero fue como ver a los Beatles otra vez en Las Ventas o algo parecido. De esas cosas que piensas que jamás te volverán a suceder. Ni siquiera cuando intuías algo, cuando veías que los edificios se derrumbaban ante Edward Norton y Helena Bonham-Carter y sonaba aquella música que tú te aprendiste de memoria casi como una traducción de latín.
Me compré unas gafas de "La Mosca" y me dediqué a cantar "Lemon" en falsete y "Salome" durante meses. La versión con Frank Sinatra del "I´ve got you under my skin" -"don´t you know, blue eyes, you never can win?"-. En invierno, en la casa de la madre de A. escuchábamos vinilos antiguos: "War", "Under a blood red sky". Tarareábamos "Sunday bloody Sunday" o "New Year´s Day" mientras terminábamos trabajos de biología o latín. Cada uno en lo suyo.
El día del concierto quedamos con todo el mundo en la puerta equivocada. La puerta que no existía. Yo no digo que eso fuera un plan porque no lo era. Yo no sabía que esa puerta no existía, pero sí sabía que una vez en esa situación tampoco iba a hacer nada para solucionarlo: prefería acaparar a A. toda la noche a tener que compartirla con el resto de amigos y enemigos. Ella lo sabía, digamos que tuvo miedo un rato y luego sencillamente lo asumió con esa facilidad pasmosa que tenía para asumir cualquier tipo de cosa.
Una Chica Camaleón, el complemento perfecto de la Chica Langosta.
En fin, la Chica Camaleón y yo dábamos vueltas por el Calderón intentando encontrar a alguien. Recuerden que hablo de tiempos sin móvil. Mayo de 1993. Yo tenía dos entradas regaladas por mis padres, que andaban por entonces de luna de miel. Una la vendí y la otra se la regalé a su vez a la Chica Camaleón. Tampoco lo agradeció muy efusivamente. El caso es que acabamos ahí en una de las gradas, con ese empeño adolescente en hablar todo el rato sin medir las consecuencias.
Y es que uno no puede intentar hablar por encima de The Ramones y que no haya consecuencias muy evidentes: un punzante dolor de garganta y cabeza. Ahí estaba yo, con una chica imantada, a punto de ver el mayor espectáculo del mundo de mi grupo favorito y un dolor de cabeza insoportable. Si les soy sincero, recuerdo dos canciones: "Zoo Station" y "The fly". Recuerdo el bombardeo de imágenes y proclamas mientras Bono cantaba "Men will rise, men will fall, from the sheer face of love, like a fly on a wall... It´s no secret at all".
Siempre he pensado que Bono es un compositor genial. Pesadísimo, desde luego, pero genial.
Hubo algo más. Algo de un confesionario. Una parte acústica. Una versión con Lou Reed del "Satellite of love". Lo que pasa es que confundo casi todo eso con la versión televisada. Sucede a menudo y lo saben. En octubre, o noviembre -"October, and the streets are stripped bear of all they wear, do I care? October, and kingdoms rise, and kingdoms fall, but you still go on... and on"- pasaron en Canal Plus el concierto en directo desde Sidney. Fue mucho mejor porque a mí no me dolía la cabeza y porque incluían las canciones del "Zooropa". Si no fuera por el "Achtung Baby" yo tendría bien claro que "Zooropa" es el mejor disco de U2, aunque dudo que nadie se acuerde de aquella locura con Brian Eno.
Lo vimos en casa de la madre de la Chica Camaleón o Chica Inmantada o A. o como quieran llamarla. Como quiera llamarla yo, quiero decir. Era una casa muy divertida, en la Plaza de Santa Bárbara. Había que bajar una llave con un cordel para abrir el portal. No había porteros automáticos ni físicos. Fue una realización prodigiosa, el concepto de Zoo TV llevado al máximo. Vale, eran pretenciosos y excesivos, pero nosotros también lo éramos, así que nos entendíamos. Bono tiene esa extraña capacidad de empatía, sin importar si al otro lado está Patrick Bateman o Guille Ortiz o la chica del portal gigante.
La chica a la que le cantaba aquello de "You can´t even remember what I´m trying to forget", y desde luego era algo muy adolescente pero también era una verdad como un templo.
El cartel con la cara angustiada de Ana Torrent reflejada en una pantalla de tonos azul y blanco estuvo en el Metro durante meses. Era la primavera de 1996 y a mí eso de "Tesis" no podía sonarme más que a dialéctica hegeliana. Por supuesto, ni conocía al director ni había oído hablar de la película. Eso hasta los carteles y el llamado "boca a boca". Creo que ya he dicho antes que, con 19 años, nuestro gusto por el cine español era escaso. Donde estuviera una buena película serbocroata o algún ciclo de la filmoteca...
T. y yo fuimos a ver la película con ese punto irritante de superioridad moral adolescente, en plan "a nosotros no nos la dan con esto". No sabíamos ni de qué iba, pero, bueno, si el Fotogramas se empeñaba... Y vaya si nos la dieron. Nos la dieron en toda la cara. Al instante, como pasó con "El día de la bestia", nos dimos cuenta de que algo serio estaba cambiando. Algo que cambiaba a su vez nuestros propios esquemas, es decir, a nosotros. Una película española de suspense, aquel plano-contraplano maravilloso en el que Ana Torrent y Fele Martínez están escuchando cada uno una canción distinta mientras se miran, las apariciones de Eduardo Noriega cámara en mano en la habitación de la chica, esa pelea final en la que no sabes exactamente quién es el malo y quién no. Por último, el eslogan, magnífico: "Me llamo Ángela. Me van a matar", y la clásica parsimonia de los perversos en los momentos clave. En este caso la de Xavier Elorriaga, rescatado y luego de nuevo desaparecido.
A mí lo que más me sorprendió, he de reconocerlo, es la pelea final que comentaba antes. Yo era muy listo. Yo iba de listo. Y me impresionó que "el niño Amenábar" fuera más listo que yo. Que no tuviera ni idea de por dónde iba a ir el giro: si el chico del buen rollo en realidad sería un asesino en serie o si el chulito guaperas en realidad sería un galán salvador. A partir de ese momento, la fiebre: "Himenóptero" y demás cutreces de la Complutense. El resto es historia.
Un par de meses después, si llegó, vimos "Tierra", de Julio Medem. Es complicado que dos de las mejores películas del cine español se estrenen con meses de diferencia. "Tierra" era otra cosa, pero ya lo sabíamos porque habíamos visto "La ardilla roja" y "Vacas". "Tierra" era un derroche de complicidad y sutilezas. Pedantería, en ocasiones, pero una pedantería tan talentosa. Era Carmelo Gómez en cada plano y es complicado que alguien me convenza de que hay una actuación mejor, en cualquier película de cualquier nacionalidad, mejor que la de Carmelo Gómez en "Tierra". Quizás alguna cosa de Al Pacino o de Eduard Fernández.
"Tierra" tenía un final parecido: no había manera de saber con qué chica se quedaría al final. Yo creo que todos esperábamos que fuera Silke. Si lo piensas bien, Emma Suárez no dejaba de ser una pobre viuda con un niño y un abuelo a su cargo, así que igual le venía mejor un Carmelo Gómez. Pero nosotros nos enamoramos de Silke y de aquella fabulosa y torridísima escena de sexo donde ambos juegan a correrse sin tocarse.
Una vez una chica me dijo que eso era posible, pero esa chica decía unas chorradas enormes.
Silke. Esto me recuerda a que tendría que haber hablado de "Hola, ¿estás sola?" 1996, también, si no me equivoco. No voy a abrir otra ventana para mirarlo. Debería haber hablado de Álex Angulo y Candela Peña y de "Airbag", aunque fuera un año posterior, con su "tortilla rusa" y su Albert Pla haciendo de sacerdote con móvil -por entonces, entiéndalo, una excentricidad-, pero si me pusiera a eso, ¿dónde acabaría? En Alberto San Juan, en Paz Vega, en Maribel Verdú y Antonio Resines rescatados para "La buena estrella" o incluso, retrocediendo, en "Jamón, jamón" y ahí ya nos dan los Oscars y les aburro a todos ustedes.
Detestaba "Contamíname" con todas mis fuerzas, pero escuchaba una y otra vez "El marido de la peluquera" y "Peter Pan". Esta última canción me parecía claramente generacional, todos esos niños negándose a crecer y llenos de rabia y melancolía. Luego descubrí que era, sin más, un retrato de algo que podría ser Libertad, 8, lo supiera Pedro Guerra o no.
Eran tiempos de cantautores, después de muchos años. Cantautores comprometidos como Ismael Serrano, románticos como el propio Guerra, extraños como Javier Álvarez y una mezcla de todo al estilo Tontxu. Supongo que el éxito de Rosana y Manolo Tena, pocos años antes, tuvo que ver en todo esto. La industria funciona por empujones y muchas veces es complicado determinar la fuerza de partida.
En cualquier caso, a mí los cantautores no me gustaban nada. Ni me emocionaban las historias de grises y persecuciones antifranquistas ni el Risk me pareció nunca un motivo de nostalgia ni entendí nada de lo que hacía Javier Álvarez, salvo la evidencia de que no quería estar ahí bajo ningún concepto. Posiblemente, fuera el que mejor me caía de todos.
Musicalmente, ya digo, me quedaba con Pedro Guerra. Escuché "Golosinas" unas cuantas veces, la mayoría en Moralzarzal. Debutar con un disco en directo me pareció una idea prodigiosa. El chico cantaba bien y era feo y yo siempre he tenido un extraño sentimiento de pertenencia con la fealdad, aunque solo sea porque dentro de la fealdad uno se siente cómodo: nadie espera nada de un feo. Me tranquilizaba. Algo parecido a lo que me pasó con Antonio Vega años antes. Tenían un punto tristón, pero no agobiaban, se limitaban a hacer compañía.
El segundo disco tenía una canción prodigiosa: "Debajo del puente". El resto me aburrió solemnemente o quizás el aburrido e inapetente era yo. Pedro Guerra paseaba por la Feria del Libro y hacía campaña por IU, que no dejaba de ser mi partido. Había afinidades estéticas muy obvias. Yo, por entonces, no sabía nada de Libertades ni de Búhos Reales ni de Zanzíbares. Mi primer concierto de ese tipo fue en 2001, que una amiga me llevó a ver a Bebe antes de ser Bebe.
Hay que entenderme: los chicos de la guitarrita se llevaban a las chicas con las que yo soñaba en el instituto y en la universidad, ¿tenía además que comprar sus discos? Hice un par de intentos muy baldíos: mi hermano lo intentó pero los dos nos desesperábamos. No tengo dedos para cejillas. Aprendí "Line up", de Elástica, "Father to a sister in thought", de Pavement y el principio del bajo de "Come as you are", de Nirvana. Ni Pablo Milanés, ni Silvio Rodríguez ni Joan Manuel Serrat. Así era imposible.
Si las chicas acababan por irse conmigo, desde luego no sería por la música, así que me dediqué a otras cosas. A muchas otras cosas. Un francotirador apuntando en todas las direcciones.
Por supuesto, sabíamos que el dinero existía pero también algo parecido a "ideales" o "valores" o como lo quieran llamar. Éramos adolescentes y nos arrogábamos la exclusiva, además: lo que nosotros defendíamos, aquello en lo que nosotros creíamos era lo único que realmente era defendible. Fuera de nosotros solo había dioses y bárbaros.
Por ejemplo, éramos del Estudiantes, y aquí el verbo "ser" adquiere todo su protagonismo. No es que nos gustara que ganase el Estudiantes sino que vivíamos dentro del club: los fines de semana no quedábamos ni en la Avenida de Brasil ni en Green, ni en Moncloa ni en Argüelles ni en Malasaña. Quedábamos en el Palacio de Deportes y luego ya veríamos. Normalmente la procesión era Palacio-Malasaña, pero podía variar. Los partidos del Estudiantes se convirtieron en mucho más que partidos de baloncesto. Eran actos sociales. Éramos los mismos chicos del instituto justo antes de ser los chicos tristes de pantalones rotos y voz rasgada en bares oscuros con música de Stone Temple Pilots.
Los ritos de apareamiento empezaban ahí, mientras Alberto Herreros metía un triple tras otro en el entrenamiento y nosotros le cantábamos: "Alberto, un templo, para seguir tu ejemplo" o "Al-ber-to, uno-due-tre". Es lo más parecido que he tenido nunca a un ídolo deportivo. Y lo bueno es que le veías pasear al lado de las canchas de la Nevera, rumbo al gimnasio o al entrenamiento y se te quedaba mirando un rato, a ver qué tal los chavales.
Herreros formaba parte de nuestra escala de valores. En lo más alto. Era uno de los nuestros, un rebelde, un tipo capaz de irse a ver al Atleti a Zaragoza en aquella final de Copa con gol de Pantic en la prórroga. Herreros era la barrera frente al mal y el mal, como todo el mundo sabe, es el Real Madrid.
El Real Madrid de los miles de millones de pesetas y las peleas antes y después de los partidos. Los ultras y los Ojos del Tigre. Clifford Luyck y Sabonis y nosécuántas Copas de Europa. Nosotros rozamos la gloria en 1992, que nos fuimos a Estambul Chim-Pum y ganamos una Copa del Rey con John Pinone como MVP. Al día siguiente se suspendieron las clases. Fuimos todos al Magariños a recibir al equipo y celebrar con ellos. Todo por una Copa del Rey, así éramos nosotros.
Nosécuántas Copas de Europa frente a una Copa del Rey, esa era la comparación odiosa.
Pero nosotros éramos más felices. Como las familias a las que no les toca la lotería. Teníamos salud, juventud, alegría... y Alberto Herreros. El capitán. Eso hasta que el capitán se cansó. Los rumores fueron en dos direcciones: 1) no le pagan lo que le deben, 2) Azofra le ha levantado la novia. Este último rumor, como ven, es muy de instituto pero no saben hasta qué punto la Historia se puede mover por que alguien le ha quitado la novia a alguien. Desde Agamenón a nuestros días. ¿Para qué quiere uno el dinero, el poder, etcétera si no es para echarse una buena novia, al fin y al cabo?
En fin, que Herreros dijo que cruzaba al lado oscuro. No se lo pusimos fácil. Tuvo que venir la Federación, la ACB, toda la prensa madrileña y el ínclito Lorenzo Sanz con un cheque obsceno para poder llevárselo. El primer partido que jugó fue en el Palacio contra el Estudiantes. Sus triples no tocaban aro, salió derrotado y medio llorando. No fue una tendencia, desde luego, pero aquella fue nuestra última victoria. Poética, si quieren. Estética.
Además de las canciones rencorosas, me gustaban las canciones entusiastas. Como decía en el anterior post, los finales de los 90 se llenaron de canciones entusiastas y presidentes de los Estados Unidos bailando en las gradas. Don´t give up, you´ve got the music in you cantaban los New Radicals, y yo, con mi tendencia a rendirme e inmediatamente decir "No, para adelante" me veía perfectamente reflejado y buscaba ese ritmo que estaba dentro de mí e imaginaba en qué podía consistir el cambio de edad, de situación.
Los post-adolescentes, ya universitarios, tiraban hacia Huertas o La Latina. A mí, sinceramente, no me gustaban esos sitios porque me hacían sentir demasiado mayor. Incluso con 21 años, uno se podía sentir demasiado mayor bailando pachanga en Huertas. Normalmente, me quedaba en casa con T. o íbamos a cenar y al cine. No era divertido. Para ninguno de los dos. Yo, por ejemplo, fantaseaba con noches de fiesta y baile y copas y nuevos amigos y universitarias y charlas sobre Hegel y el principio de identidad, y vagaba por Cantoblanco con Dani y Agustín, escribiendo pequeños relatos sobre chicas con ojos verdes.
Pero, luego, cena y cine, o ni siquiera eso. Queríamos pensar que nos valía.
El problema era la música, como siempre. Si lo piensan bien, se darán cuenta de que el problema siempre es la música. El infinito abanico de posibilidades de cuatro minutos que te abren las canciones y desbarata cualquier conformismo rutinario. Don´t give up, you´ve got the music in you. Esa era la promesa, entonces. Nosotros, con 16 años, ya cerrábamos bares en Malasaña, ¿qué nos quedaba ahora? Volver a ser los tipos que algún día fuimos.
La canción era contagiosa, rítmica, llena de energía. Por casa ya paseaban las cintas de Sebadoh y Guided by Voices. A mí me gustaban una que decía "Sometimes I get the feeling that you don´t want me around" y otra llamada "As we go up, we go down" y que, con una alegría casi McCartneyana, empezaba: I can terrorise, I see terror in your eyes. Para mí, todo eso era la voluntad de poder. Perdonen que me ponga pedante, pero yo por entonces estudiaba a Nietzsche y a Schopenhauer en largos seminarios de tarde. La posibilidad de aterrorizar, igual que la posibilidad de seguir adelante, no rendirse, sentir el ritmo, eran embriagadoras.
Eso y Ricky Martin. No sé por qué no he hablado aquí antes de Ricky Martin, sus vídeos eróticos y sus bailes de cadera, coros de fondo casi tribales y gritos de "Allez, allez, allez".
Si se fijan, todo es parecido: entusiasmo de fin de siglo. Llámenlo "vida loca" o como quieran. Cuando recuerdo esos años, aparte de sentir una profunda melancolía insatisfecha y seguramente injustificable, me viene a la mente la canción de The New Radicals. Un "one-hit wonder", sin duda. No he vuelto a saber nada de ellos.
Lo dijo Prince quince años antes: "Tonight we´re gonna party like it´s 1999". Y eso era, 1999. Solo quedaba saber si estaríamos a la altura.
La Chica Langosta se llamaba Laura. Era divertido. Yo llamaba a su casa y su hermano me decía "Laura no está" y no advertía mi sonrisa. Recuerdo los últimos años de los 90 como una época divertida y hasta cierto punto vitalista. Tiempos buenrollistas, con su puntito Estopa, inicios del chill-out, Moby, Weezer, Supergrass, Mambo Number Five, algo menos de gravedad en las formas... Tampoco puedo darles demasiada información al respecto porque siempre he tenido la sensación de que a mí la segunda mitad de la década me pilló en otro lado, no sabría decir dónde.
I didn´t belong there.
Me hizo gracia lo de NEK, para qué engañar a nadie. Incluso me gustaba la canción porque era rencorosa y a mí me encantan las canciones rencorosas incluso las traducidas del italiano con peinado a lo Sting en los 70 y que son capaces de incluir frases tan maravillosas como "lo mucho que me duele este dolor". Que, puestos a ser cursis, y nadie se lo hubiera echado en cara, podrían haber traducido "lo mucho que me duele el corazón", por ejemplo.
Yo me aprendí la letra en italiano. Desubicado, puede, pero pedante, siempre. En italiano era más rencorosa y tenía todo sentido. Me enamoré de la última frase, ya dicha con un cabreo mayúsculo -yo le pido a un cantante que se cabree, se lo exijo, una canción rencorosa debe estar acompañada por un cabreo notorio, algo así como Alanis Morrissette en "You oughtta know"-, aquel "... mi dispiace, mà non posso... Laura c´è, Laura c´è". Comparen esa rotundidad del "Lo siento, pero no puedo, Laura está, Laura está" con la flojeza casi insoportable de "los besos que Laura me robó". ¡Cómo que te los robó si estabas encantado de dárselos, muchacho!
Yo siempre quise besar a una Laura y me pasé años hasta que lo conseguí. Un nombre que me estuvo persiguiendo como una plaga de langostas durante demasiado tiempo, arrasando con todo el pasado. Miraba hacia atrás un momento y no veía nada, no quedaba nada, sólo Laura. La chica del nombre langosta. La Chica Langosta. Si hay un hombre en este mundo que entiende a NEK, señores, ese hombre soy yo. Debe de ser como enamorarse de una Matilde y ser lector de Borges.
En fin, a lo que iba, yo llamaba y Laura no estaba y fantaseaba con vidas paralelas llenas de rencor y algo de esperanza. Siempre, en cualquier situación, se me puede reconocer porque soy el que está buscando una salida. Luego llegó Tiziano Ferro, pero dudo mucho que se tratara de la misma década. Tiziano Ferro era más guapo pero considerablemente más blando. Sí es posible que fueran los tiempos de Lunapop y "Qualcosa di grande". El pop italiano molaba. Macarrillas horteras con Vespas. Estaba bien. Ellos sabían, al menos, que componer consiste básicamente en ajustar cuentas.
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