miércoles, 9 de febrero de 2011

Sin perdón


Christian era el tío más guay del instituto. No sé si lo era pero a mí me lo parecía: tenía una casa enorme en el barrio de Salamanca que compartía con su hermano porque sus padres apenas andaban por Madrid, ligaba como el que más, tenía en torno al millón de amigos y se emborrachaba lo justo: nada de exhibiciones pero con consistencia.

Obviamente, le veía desde una cierta distancia. De entrada, yo tenía un año menos y eso suele ser una distancia mortal en un instituto. Además, no tenía nada claro que fuera "guay" en ningún sentido. Comparen: vivía con mi abuela en un pisito de Prosperidad, no había ligado en la vida, mis amigos del instituto eran los chicos con los que jugaba al baloncesto, poco más, y no bebía alcohol. Ni una gota.

No sé en qué momento eso cambió. Supongo que cuando yo decidí que cambiara, como suele pasarnos a todos: empezamos a tener amigos comunes. Empecé a ir a sus casas a ver películas o jugar al baloncesto. Empecé a acercarme los viernes por la tarde a la casa común de Príncipe de Vergara para verles jugar a la SuperNintendo o lo que fuera que tuvieran en esa época. Una televisión plana gigante -era 1993- presidía el salón, con la Premier League de Canal Plus a todo volumen.

Y entonces pasaron dos cosas: un día me invitaron a ir a Malasaña. Yo no sabía ni lo que era Malasaña. Había oído a chicos de mi clase decir que salían "por Bilbao", pero de verdad que yo ni imaginaba que hablaran de la parada de metro, sino de algún bar en concreto o algún barrio o algún lugar mágico... Ahí estaba yo, de repente, en el Este-o-este, con mis coca-colas mientras estos iban cogiendo sus borracheras adolescentes de las siete de la tarde. Ese fin de semana había Superbowl y hablábamos de Joe Montana mientras cantábamos a Jimi Hendrix. "Hey, Joe, qué bien tiras el balón".

Hacerse el borracho cuando vas completamente sobrio es una escuela de interpretación. Yo se lo recomiendo a todo aquel que quiera ser actor. Tienes que estar a la altura sin sobreactuar en ningún momento. Ver y aprender y reirte y compartir chistes. Con el grupo de Christian, que, por lo demás, era un buen grupo, y desde luego era un muy buen chico, que se merecía toda su popularidad, fui descubriendo Fuencarral, Apodaca, Churruca y todas esas calles y esos recovecos que se convertirían en mi hogar metafórico hasta los 19 años y mi hogar real desde el que ahora estoy escribiendo esto.

¿Y qué pinta Clint Eastwood aquí? Bueno, Clint Eastwood era un tío duro bastante olvidado. En serio, ahora Clint saca una película por año a lo Woody Allen y no le hace falta ni protagonizarla para que sea un éxito. A principios de los 90 la cosa no era así: había un hueco enorme entre los spaghetti-westerns de Leone, las aventuras de Harry Calaghan y sus a menudo frustrados intentos de volver al estrellato. Pero le admirábamos igual, los chicos de Christian. Sus ojitos casi indistinguibles y esa sensación de que es mejor no meterte en líos con él que ha mantenido hasta "Gran Torino", con casi 75 años.

Una tarde, en vez de ir a emborracharnos, fuimos al cine. Es probable que fuéramos al Dúplex, en General Oraá, un lugar que creo que ahora ya no existe y que si existe seguro que no está lleno de humedades y soledad. La película era "Sin perdón", no sé si antes de que arrasara en los Oscars o no. Íbamos cinco o seis amigos, entre ellos Christian y yo. Llevaba una camisa de leñador a cuadros verdes y blancos. Todos lo hacíamos. Chris la miró y sonrió y me preguntó, admirado: "Qué bonita, ¿dónde la has comprado?"

Yo no podía decir que no tenía ni idea y que me la había comprado mi madre, así que me inventé una tienda por Clara del Rey sabiendo que nunca iría a buscarla y que aquello no había sido más que una cortesía de soberano.

Pero a mí me encantó, fue como mi momento de gloria de los 15 años.

No era tan guay como para poder llevarme a la Chica Langosta ni a A. ni en mi casa había Plus ni tenía tantos amigos y sinceramente jugaba al baloncesto muy mal. Pero había dado con la camisa acertada. Camisa a cuadros, además. Eso era algo y algo, ya lo dijo Loriga, es mucho mejor que la tristeza.

martes, 1 de febrero de 2011

90210



No sabíamos cómo llamar al equipo así que le llamamos "NPI" y no sabíamos qué utilizar como uniforme así que compramos a granel camisetas con la foto de los chicos de "Sensación de vivir" y nos las repartimos. Cada uno quedó encargado de ponerle un número a la suya.

No todo el mundo lo hizo.

El fascinante mundo de "Sensación de vivir", que conviene no confundir en ningún caso con "Melrose Place" porque "Melrose Place" pretendía ser un "Falcon Crest" o un "Treintaytantos" actualizado pero "Sensación de vivir" no pretendía ser nada. Ese era su triunfo: la nada. Chicos y chicas más o menos guapos para revistas de adolescentes. Una vez vinieron dos a un partido del Atleti y les hicieron dar el saque de honor y todo. Uno de ellos tenía casi 30 años pero interpretaba a un ricachón de 18. Steve se llamaba. Creo que el otro, David.

A mí me gustaba Kelly, aunque tuviera cara de asco. Una tremenda cara de asco. Brenda no era mi tipo -ni siquiera lo fue en "Mallrats"- y de Tori Spelling creo que mejor ni hablamos. Los temas tocaban la popularidad, el amor y la amistad -no te fallaré, somos compañeros- la lealtad y los celos, el sexo, por supuesto, las primeras borracheras, cómo llevarse bien con los padres... Nada que no viéramos luego en "Al salir de clase" o más recientemente "Física y química", "SMS" y delirios sucesivos mucho más hormonados y de clase baja-media, que tiene mucho más encanto.

He de decir que a mí siempre me gustó más "Al salir de clase" que "Sensación de vivir". Mucho más, de hecho. Las chicas eran más guapas y todo lo que tenía de cutre lo tenía de vivo. Incluso el ochentismo tardío, rollo Vanilla Ice, de "Salvados por la campana" tenía más atractivo.

En fin, dejo de humillarme. "Sensación de vivir" o "90210", como se conocía la serie en Estados Unidos por el distrito de Beverly Hills en el que vivían los protagonistas, era un catálogo de cómo ser popular y disfrutarlo con un pequeño punto de "lado oscuro" porque lo oscuro a su vez empezaba a ser masivamente popular. Por ejemplo, a "Jeremy", de Pearl Jam, le podían las expectativas y los estímulos y uno de ellos, fíjense, casi al final, en blanco sobre negro era el código postal de marras.

Hace un año y pico tuve la idea de hacer una serie de televisión. Creo que ya no la haré así que lo puedo contar aquí. Si luego la ven hecha por otros, que sepan que la idea fue mía. De hecho, me sorprende que a nadie se le haya ocurrido todavía. Mi serie se iba a llamar "28004", y quien no lo entienda, por favor, que busque en la página de Correos y no me niegue que habría tema para varias temporadas.

miércoles, 26 de enero de 2011

Lo mejor de nuestra vida



Si a mí me preguntas: "¿Tuviste una adolescencia feliz?", mi respuesta sería "Sí". Y además, un "sí" entusiasta, sin matices. Por supuesto, luego llega la estética y acaba con todo y lo que quedan son los cánticos de Soundgarden en campamentos perdidos y todas las chicas que nunca tuve y la nota de suicidio de Kurt Cobain y todo ese rollo, pero, de verdad, yo fui bastante feliz: tuve buenos amigos, arrasé Malasaña, saqué buenas notas, no coqueteé con las drogas, vi al Estudiantes ganar alguna Copa del Rey e incluso yo mismo llegué a meter más de un triple en el Magariños.

Lo que pasa es que cuando tienes 15 años hay bajones, claro. Con 33 te puede fastidiar más o menos no conseguir lo que quieres, pero es que con 15 ni siquiera tienes la más remota idea de lo que quieres, y a veces tu objeto de deseo empieza por A. y a veces empieza por L. y acaba empezando por T. y tampoco intentes buscarle mucha lógica a tus hormonas.

El caso es que a veces me deprimía como se deprime un adolescente: tardes enteras sin hablar, meditabundo, alejado de la realidad, absorto en la injusticia del mundo... y mi banda sonora de por entonces era Antonio Vega, en concreto, aquel disco de resurrección que se llamaba "No me iré mañana" y que tenía ese punto triste e incomprensible de Antonio Vega con una mezcla de algo parecido a la esperanza. Un adolescente y un heroinómano tienen mucho en común, si se ponen a pensarlo.

Mi canción favorita era el single. No siempre me pasa pero no siempre lo evito. "Lo mejor de nuestra vida", se llamaba. Era muy buena canción porque era muy buen disco. En mi opinión, su mejor disco, aunque "El sitio de mi recreo" quizá fuera más celebrado por lo que tenía de -parecía entonces- obra agónica, casi póstuma. En "Lo mejor de nuestra vida" se hablaba de amor, desamor y lo que queda después. Era triste porque había perdido a la mujer de su vida y a ver si eso ahora va a haber que celebrarlo. Era bonito porque, bueno, los dos lo superaban, y como decía Rilke: "sobreponerse es todo".

Tanto rollo y al final seguro que la canción hablaba de alguna droga. Every artist is a liar, every poet is a thief, all kill their inspiration and sing about their grief, ¿les he contado cuando me paseaba por ese mismo chalet con unas gafas de sol enorme imitando el falsete de Bono?

En fin, yo me subía a la buhardilla de mi chalet de clase media en la sierra madrileña con el CD, el "loro", algún cuaderno, puede que algún juego de ordenador en el que entrenara a algún equipo de fútbol de una manera muy rudimentaria, y me pasaba ahí las horas, los días e incluso los meses. Fuera, había avispas y arañas. Un día vinieron A. y L. a comer y yo, como siempre, no supe decidirme.

miércoles, 19 de enero de 2011

La generación JASP



Un entrenador holandés de muy mala leche obligaba a Iván de la Peña a entrenar duro y recoger todos los balones del campo. El entrenador era Cruyff, por cierto, y el año, 1996, el primero del cántabro en el primer equipo del Barça. Por supuesto, De la Peña lo hacía todo bien y demostraba que estaba muy por encima de las expectativas. Después se iba con su Renault Clio tan contento: un coche modesto, pero con todas las prestaciones necesarias. Joven, becario, canterano... aunque sobradamente preparado.

Luego estaba el anuncio del empleado pasota pero tremendamente brillante. Podría ser Guti pero era un ejecutivo. Su jefe le echaba la bronca por inconsistente y poco aplicado. Él sonreía. El encargado se cabreaba aún más y acababa citando a Kant como gran autoridad. El jovencillo respondía el golpe con elegancia: "La cita es muy buena, pero no es de Kant, es de Séneca".

Aquellos éramos nosotros. Los nacidos en los 70.

La generación JASP venía a continuar de alguna manera a la generación X de Douglas Coupland y degeneró en lo que se ha venido a llamar Generación Ni-Ni. Éramos jóvenes, desde luego, De la Peña, por ejemplo, nació en 1976, y estábamos bastante preparados. No solo eso: íbamos de preparados. Los setenteros hemos sido siempre unos arrogantes tremendos y la vida nos lo ha devuelto a base de hostias: al chico de Séneca probablemente le echaron de su compañía o le hicieron un contrato por horas en una ETT -los setenteros descubrimos las ETTs, recuerden-, al canterano le condenaron al banquillo y tuvo que emigrar a Italia donde a su vez le echaron.

Nos doraban la píldora de nuestro talento y esperaban que con eso y un Renault nos comiéramos el mundo. Lo peor es que nos lo creímos.

Los JASP somos una generación perdida, por completo. Perdida entre las expectativas y la realidad: somos los becarios precarios, los tiempoparciales, los que se quedaron sin ayuda de alquiler, los que se han quedado sin subsidio de desempleo. Desde siempre hemos percibido esa sensación de "estos chicos ya se apañarán, son muy listos". Crecimos en democracia y libertad, con un acceso a la cultura sin precedentes. Ni siquiera tuvimos que sufrir la LOGSE ni pelearnos por la LODE. Fuimos los niños mimados del sistema hasta que cumplimos los 30 y entonces nos empezaron a tratar a patadas.

No quiero resultar demasiado autocomplaciente. Probablemente, no estemos tan bien preparados. Sabemos colocar las comas y los acentos, pero eso no quiere decir nada. Nos defendemos bien en el Trivial. Creíamos que esto iba a ser un paseo triunfal con chicas tirándonos rosas desde los portales. Obviamente, no ha sido así. Del trabajo precario hemos pasado al paro absoluto. Quien no ha sido teleoperador ha sido camarero. O lo sigue siendo.

No es tan grave. Si no nos hubieran dicho en nuestra edad más influenciable que éramos la leche ahora no nos sentiríamos menospreciados. Nos lo dijeron e, insisto, nos lo creímos como tontos. Vaya preparación de mierda. Generación de psicoterapias y reducción de becas. Esos somos nosotros. No quiero decir que los que vengan detrás lo vayan a tener más fácil, simplemente quiero decir que los que vienen detrás son más jóvenes y todavía pueden mantener la esperanza.

Y además desde que se matricularon en la ESO les dijeron que eran tontos, así, sin más. Ellos al menos pueden dar la sorpresa. Nosotros tendremos la palabra "fracaso" marcada siempre a fuego en la frente.

Nuestro himno generacional lo compuso Australian Blonde, a quién intentábamos engañar.

miércoles, 12 de enero de 2011

Emir Kusturica- Underground



Tuve dos años especialmente pedantes: 1997 y 1998. Una amiga de mi madre, filósofa ella también, nos juntó a un grupo de presuntos jóvenes talentos para formar un "grupo de discusión". La dinámica parecía sencilla: teníamos un libro de referencia, en este caso, "El tema de nuestro tiempo", de Ortega y Gasset, y cada dos semanas leíamos unas páginas en casa y las comentábamos, concepto a concepto. Por supuesto, al principio aquello era un barullo. Imagínense: yo tenía 20 años y el resto de mis compañeros no pasaban de los 21. Nuestra idea de un debate era lo que habíamos visto en las tertulias de Jesús Hermida. Todos queríamos tener razón como el que tiene un culo, cada uno el suyo.

Mabel nos ayudó a pensar. Yo creo que nadie me ha ayudado tanto a pensar nunca. Me ayudó a plantearme que igual no tenía razón siempre, incluso que era posible que, en algunas circunstancias, los demás también pudieran enseñarme cosas de valor y que había gente más lista que yo, con más experiencia que yo y que argumentaba sin tanta vehemencia pero con más sentido común. Creo que fue un año clave para muchos, aunque claramente a unos les cundió más que a otros, eso es inevitable: cada uno elige sus maestros.

El caso es que, aparte de Ortega, al que prácticamente no se estudiaba en toda la carrera, Mabel nos descubrió a Marcuse y a Kusturica. En concreto, "Underground". Estábamos en pleno conflicto de Kosovo, recuerden. Serbia y Bosnia habían firmado los acuerdos de paz pero seguían peleándose por la provincia musulmana, que si para ti, que si para mí. "Underground" hablaba de todo eso y de mucho más, remontándose a la II Guerra Mundial y la gestación de la Gran Yugoslavia del croata Tito. Se le acusó mucho a Kusturica de ser "pro-serbio" pero si lo fue en esa película yo no me enteré, una prueba más de que efectivamente hay gente mucho más lista que yo.

Yo lo que vi fueron envidias, engaños, complacencias salvajes, la voluntad desatada en forma de disparos al cielo, billetes lanzados al aire, cíngaros acompañando a los caciques en cada visita. "Underground" era de una decadencia brutal. Esa mezcla tan improbable, tan yugoslava, del campo y la ciudad, de oriente y occidente. Me enamoré de la banda sonora original, de Goran Bregovic. Kalashnikov, Mesejcina, Ringe, ringe Raja... Años después incluí todas esas canciones en una fiesta salvaje de un productor de televisión que describí en mi novela.

Me parecía que había algo en los grandes productores de televisión de los 2000 que les asemejaba a los señores de la guerra serbio-bosnios de los 90. No me pregunten por qué, mis asociaciones de ideas son de lo más absurdas en ocasiones.

Una madrugada, plan de novios, fuimos a ver "Gato negro, gato blanco". No nos gustó tanto por lo que tenía de redundante: drogas, bodas, cíngaros, disparos, perros salvajes. Después le perdí la vista. Creo que hizo algo sobre Maradona. Procuro mantener una distancia estética lo más amplia posible con respecto a Maradona. Llámenlo desconfianza o cualquier otra cosa peor. Algún día volveré, supongo. Si tienen recomendaciones, utilicen los comentarios.

viernes, 31 de diciembre de 2010

¿Quién sabe dónde?


Alguien entró por teléfono y dijo que había visto a Miriam, Toni y Desirée en el bar "Las nieves", de Clara del Rey, en Madrid. Eso llamó la atención de mi abuela e incluso la mía, porque el barrio es el barrio es el barrio. "¿Está usted seguro?", decía Paco Lobatón, mientras los padres de las tres niñas ponían una cierta cara de incredulidad. Nacía el periodismo en el que la confirmación de la fuente consistía en preguntarle: "¿Está usted seguro?" y Lobatón sonreía orgulloso. Había llevado al estrellato un programa mediocre que empezara a presentar Ernesto Saenz de Buruaga algo más de un año atrás.

Por supuesto, las niñas de Alcasser nunca estuvieron en el barrio de Prosperidad. Llevaban meses muertas y descomponiéndose en algún descampado valenciano. Antonio Anglés se supone que murió en alta mar mientras huía a Dublín. Una de esas muertes que una buena teoría de la conspiración consideraría como "sospechosamente conveniente" para la investigación y Miguel Ricart quedó como único encarcelado. ¡Ah, la teoría de la conspiración! Antonio Anglés le dio unos excelentes réditos a Lobatón y a la inefable Nieves Herrero pero a nadie como a Pepe Navarro, que montó su Mississippi sobre Florentino Fernández, el padre de Miriam y un abogado con perilla que si no me equivoco acabó en la cárcel por todo aquello.

Puede que me equivoque.

Puede que incluso el padre de Miriam acabara en la cárcel, o arruinado, o en cualquier caso en manos de la justicia.

Es decir, todos menos Pepe Navarro.

El caso de Alcasser fue el gran caso de violencia de los noventa porque tenía todo: infancia, dolor y sexo. Hasta ese momento sabíamos quiénes éramos pero no lo mostrábamos con tanto orgullo. Alcasser batió récords de audiencia y de morbo y dio pie a varios programas de sucesos escabrosos que a su vez dieron paso a los programas de corazón. Diría que la cronología de la basura fue esa. Dentro de lo que cabe, en ese sentido, "¿Quién sabe dónde?" era un programa aceptable. Ahora mismo, por ejemplo, un programa así sería inconcebible aunque solo fuera porque el presentador era un soso. Mejor poner a Jesús Vázquez o Jordi González, dónde va a parar.

El programa se vendió hipócritamente -era una época muy hipócrita- como "servicio público" porque ayudaba a encontrar a gente. Había casos desgarradores pero también había muchos en los que uno se preguntaba si el "desaparecido" realmente tenía el más mínimo interés en ser encontrado. Daba igual. La maquinaria del morbo se ponía en acción y ya había programa para la semana siguiente. Y si alguien quería llamar para promocionar su bar a costa del sufrimiento de tres familias, mucho mejor.

miércoles, 22 de diciembre de 2010

The Auteurs- Showgirl



Mi eterna fascinación por las chicas guapas, las chicas despampanantes, como ese personaje de "Beautiful girls" que tiene su habitación empapelada de posters de supermodelos. La fascinación de toda una generación, supongo, o al menos hasta cierto tiempo. La decadencia de Schiffer, Campbell y McPherson. Drogas, sexo y sonrisas prefabricadas. Un universo de plástico y cirugía y apariencias. Por eso nos gustaba Bret Easton Ellis, en parte.

Había un submundo dentro del submundo y era el de las "wannabes". A mí el propio concepto de "wannabe" ya me pone la piel de gallina hasta el punto de haber escrito una novela llena de wannabes solo que cuando me preguntan de qué va no puedo decir "de wannabes" porque quedaría muy pedante. Las chicas decadentes que querían formar parte de la decadencia sin conseguirlo. Las aspirantes a supermodelos y portada de Vanity Fair. Paul Verhoeven hizo una película un poco demasiado obvia con Elizabeth Berkley que se llamaba "Showgirls" y hablaba de sueños frustrados, peleas baratas y de cómo ser guapa no da la felicidad.

Obvio, ya lo he dicho antes.

The Auteurs sacaron una canción mucho más sutil, que decía "I took a showgirl for my bride, thought my life would be brighter". Ahí me movía yo. Mi vida, sin duda, sería mucho más brillante con una modeluqui del brazo. "Took her bowling, got her high, got myself a showgirl bride". No fui nunca un gran conocedor de la música de los Auteurs más allá de esa canción y del muy sugerente título de uno de sus discos: "Now, I´m a Cowboy", que yo, en mi diario de adolescente, sustituía a veces por "Now, I´m a Star" dependiendo del caso que me hicieran la Chica Langosta y sus amigas.

Cuando uno mide su popularidad enfrentándola a una Chica Langosta está condenado a meterse en problemas a corto, medio y largo plazo. No lo hagan. Nunca.

En fin, aunque ella no tenía nada de decadente, yo pensaba en la Chica Langosta cuando cantaba ese final "Don´t you recognize us?" y por supuesto hacía hincapié en el "us", en el punto machito de "soy el novio del pibón de la clase, míranos". Años después, me paso las noches viendo programas de la MTV en los que monstruitos con acné intentan ser los reyes de la fiesta de graduación y les ponen un entrenador personal para la tarea. Lo que hubiera mejorado mi adolescencia con un entrenador personal que me dijera a qué chica tenía que pedirle una cita y tocara su bocina cada vez que cometiera un error.

Dios, ¡si no salíamos del Desert!

Todo esto les puede parecer una tontería o no, pero escuchen la canción, háganse ese favor. Es una canción suave, elegante, preciosa e irónica. ¿Qué más quieren para estas Navidades?