lunes, 13 de diciembre de 2010

Un scud para el Joventut


Habíamos perdido el partido de ida por una diferencia de 12 o 13 puntos, vete a saber. El caso es que a la vuelta les preparamos una encerrona: aunque llevábamos ya cuatro temporadas jugando en el Palacio de los Deportes, aquel partido de la Korac lo mandamos al Magariños, alegando no sé qué impedimentos. Lolo Sainz se enfadó muchísimo, por supuesto: él sabía lo que era jugar allí y entrenar allí. Sabía del bote irregular del balón, de los aros duros, del público casi gritándote al oído.

Para la Demencia, en cambio, fue un gran día, un día glorioso. No es que nos jugáramos demasiado ni tuviéramos demasiada fe. Aquel Estudiantes estaba en plena era post-David Russell y formado por jovencitos prometedores que empezaban a responder: Antúnez, Azofra, Herreros, Orenga, Winslow... todos ellos acompañados por los míticos Pinone, Pedro Rodríguez o Carlos Montes. Los viejos del lugar.

El Joventut, en cambio, era un equipo hecho. Jofresa y Villacampa se habían cansado de perder finales contra Barcelona y Real Madrid y se habían hecho con un buen entrenador, un buen par de extranjeros -Harold Pressley y Corney Thompson-, un pívot clave como Ferrán Martínez y había conseguido que el espídico Tomás Jofresa diera aún más resultado que el pesetero Montero, criado, a su vez, en la cantera del Estudiantes.

El partido se jugó en enero-febrero de 1991, en plena guerra de Irak, en cualquier caso. Nunca he vivido un ambiente igual: desde horas antes todo el mundo gritando y puesto en pie, aquello parecía Grecia. Las chilabas y los turbantes aparecían por todos lados  recuerden que la Demencia nació en 1976 pero se consagró a la vez que la revolución de los Ayatollahs y si el primer líder fue Gavioto, a su lado estuvo durante años Jomeini. No sé qué nos hizo enloquecer, pero enloquecimos. En la primera parte ya habíamos remontado la diferencia y en la segunda empezamos a vernos clasificados.

Ganar por 15 puntos a aquel Joventut era un milagro, pero era nuestro milagro. En un tiempo muerto, todo el mundo, 2000 o 2500 personas agolpadas en los pasillos donde por las mañanas yo corría el Test de Cooper empezamos a saltar y a gritar "Sadam Husseín, Husseín, Husseín". Señores bien informados, que sabían que era un dictador malvado con cientos de miles de muertos a sus espaldas, bla, bla, bla... cayeron en el rapto de la masa y empezaron a corear el cántico y otros similares: "Sadam Husseín arrasa Tel-Aviv" o el que se hiciera popular "Un scud para el Joventut".

Lo nuestro no era locura, era demencia. Un buen puñado de irresponsables coreando enfebrecidos el nombre de un asesino de masas. Querría sentirme culpable por ello pero de alguna manera adolescente no puedo.

Ganamos el partido pero perdimos la eliminatoria. No voy a decir que nos diera igual, pero casi. Meses más tarde nos cruzamos en la Copa y les pasamos por encima. "Un scud para el Joventut" tituló El País al día siguiente en portada. Habíamos eliminado al CAI, anfitrión aquel año, ahora a la Penya y solo nos quedaba el Barcelona en la final. Por un momento, fuimos campeones, luego Epi, Solozábal y Piculín Ortiz decidieron que no, que mejor ellos. Herreros pudo ganar el partido con un último triple... pero lo falló.

Eso sí dolió. Mucho.

Al año siguiente, el año de Estambul, el año de las dos prórrogas en Badalona para perder la segunda de tantas semifinales consecutivas, les volvimos a coger en Granada y les volvimos a ganar. Villacampa falló el último tiro y Winslow lanzó el balón al techo del pabellón como si supiera que era imposible que fuéramos a perder la final del día siguiente, también, curiosamente, contra el CAI. No la perdimos. Hizo falta algo de Azofra y muchísima Demencia. Chilabas, turbantes y pañuelos palestinos. Todo lo que me incomoda ahora. Decididamente, éramos tan felices.

miércoles, 8 de diciembre de 2010

Caro Diario



A la gente le aburría la escena de Moretti con la Vespa por toda Roma. La gente es muy impaciente y eso que ni siquiera estábamos en esta época de combustión espontánea donde cualquier cosa tiene cinco segundos para demostrar lo que vale. Love it or leave it. Si les soy sincero, a mí también me aburría esa escena. La perdonaba por el baile a ritmo de Juan Luis Guerra y porque Roma es muy bonita, hay que reconocerlo. Yo era muy fan del capítulo de los médicos, como buen hipocondríaco. Me parece que el capítulo de "Caro diario" sobre los médicos es el mejor reportaje sobre medicina práctica que he visto en mi vida.

Por supuesto, también me gustaba el segundo capítulo porque anunciaba cosas. Moretti a veces se empeña en lanzar grandes mensajes fallidos pero acierta en lo que parecen pequeños detalles. De entrada, la dictadura de los niños que cogen teléfonos. Aquello era fantástico: centenares de adultos incomunicados porque los niños habían tomado las riendas de sus vidas. Niños tomando las decisiones de hombres y tratados con veneración y respeto. La cosa ha ido a peor, no sé si en Italia, pero desde luego aquí, donde la infantilización en general es el principal rasgo de la sociedad, desde el niño dictador al presidente que razona como Mafalda, es decir, Mafalda como fin y no como medio, que es lo que pretendía Quino.

También estaba la televisión y su relación con el mundo de la cultura. Aquel solitario bohemio entrado ya en los cincuenta que acaba enganchado a un serial americano hasta el punto que perderse un episodio acaba siendo un desastre. Quiten "televisión" y pongan "Facebook" o "Twitter". Nos hemos convertido en nuestros propios seriales y vivimos atrapados en la vaselina. En cualquier otro caso, el moralismo me hubiera repateado, mucho más el moralismo acertado. A nadie le gusta que le señalen sus vergüenzas, pero Moretti lo hacía con gracia, como si estuviera señalando a cualquier otra parte.

Y aquellos médicos chinos. Y aquel rey de los dermatólogos. Si yo les contara...

En fin, Moretti para muchos era una estrella política, sobre todo después de "Aprile" y para mí simplemente era un amigo con el que hacernos unas risas aunque no siempre pensara lo mismo que él. Me gustaba su tono Woody Allen, que permite la disidencia, es decir, que no te obliga a que sufras con él, a que te indignes con él, a que te rías con él sino que deja espacio para no tomarle en serio. Como Ken Loach pero justo al revés. Por eso nunca me gustó Ken Loach.

Pero sí Moretti.

En 1992 empecé un diario y lo acabé en 1996. Era compulsivamente puntual. Más o menos como ahora.

miércoles, 1 de diciembre de 2010

David Geffen


Para nosotros, David Geffen era el grunge. el dueño de la discográfica de Kurt Cobain, ni más ni menos, un tío en sus cincuenta años, abiertamente homosexual -llegó a fingir una boda con Keanu Reeves en pleno estupendismo noventero, la época pre-River Phoenix- y que salía mencionado varias veces en el mítico Unplugged de la MTV. Una especie de mecenas. No sabíamos, por supuesto, que la carrera de Geffen venía de los 70 con Asylum Records (The Eagles, Tom Waits, Bob Dylan...) y los 80 ya con Geffen Records, donde consiguió el disco semi-póstumo de John Lennon con Yoko Ono además de firmar a Pat Metheny, Peter Gabriel, Guns and Roses, etc.

No solo eso. Co-produjo "Risky business", lo que ya le convierte en un ídolo para mí, aunque eso nos desvía peligrosamente hacia los 80.

En los 90, que es donde estamos, David Geffen se puso las botas con Sonic Youth, Nirvana y la rentrée de Aerosmith. En Doctor CD buscábamos lo que sacara su discográfica como garantía de calidad: Hole, Black Crowes, Counting Crows (los 90 fueron muchas cosas, pero originales, no, ni siquiera en los nombres de los grupos), Weezer, Beck... Nos gustaba prácticamente todo lo suyo y lo que no era suyo normalmente era de Caroline Records (Pavement, Kevin Ayers, Smashing Pumpkins, el primer disco de Hole, Primus...). Se forró hasta tal punto que Spielberg y Katzenberg le invitaron a unirse a su proyecto Dreamworks, que no abandonó hasta 2008. Supongo que se convirtió en uno de los tíos más ricos del planeta.

Sin embargo, uno no pasa  la historia por ser rico, así, sin más. Al menos es muy, muy complicado y hay que ser muy, muy rico. Geffen para mí siempre será el tío al que se le acercó un familiar de Leadbelly para venderle a Kurt Cobain una guitarra del famoso músico negro de blues de principios de siglo por una cantidad astronómica. Así lo dijo Kurt en la MTV y así nos enteramos todos de que Geffen era el que manejaba los hilos detrás de todo ese bombazo de heroinómanos autodestructivos me temo que fácilmente timables.

A día de hoy, David Geffen sigue siendo millonario y homosexual pero ha dejado DreamWorks y ha vendido su discográfica a Universal. Roza los 65 años y algo me dice que guarda una bala en algún lugar. Pronto sabremos dónde y de qué calibre.

jueves, 25 de noviembre de 2010

El doblete del Atleti



El gol de Caminero lo marcó Roberto Fresnedoso. Pasa a veces, por ejemplo, el gol de Redondo en Old Trafford lo marcó Raúl. Son jugadas parecidas. El Atlético de Madrid visitaba Barcelona con solo tres puntos de ventaja sobre el equipo de Johan Cruyff y la sensación en el ambiente de que, una vez más, se quedaría a las puertas de la gloria. A escasa distancia acechaba también el Valencia de Luis Aragonés y Pedja Mijatovic.

Caminero recibe en el costado derecho del área barcelonista, pisa la bola para protegerla, amaga con salir por un lado, Nadal se come el amago y se va para la izquierda. Una humillación en toda regla. Se va a línea de fondo, casi directamente a por el árbitro, que tiene que salir huyendo, y centra rasita para que Roberto empuje. No fue el gol decisivo del partido porque después empató Jordi Cruyff y la cosa tuvo que acabar 1-3 con goles de Vizcaíno y Biagini. El Atlético de Madrid es el único equipo del mundo que puede ganar un doblete con goles de Roberto Fresnedoso, Vizcaíno y Biagini, ahora que lo pienso.

El caso es que la jugada no decidió el partido y ni siquiera decidió la liga porque semanas después el Atleti perdió en casa contra el Valencia y se complicó la vida muchísimo, tanto que tuvo que esperar a la última jornada contra el Albacete para proclamarse campeón.

Era un equipo fantástico, con un once tipo que se repetía con pocas variedades: Molina; Geli, Santi, Solozábal, Toni; Vizcaíno, Simeone, Caminero, Pantic; Kiko y Penev. Con los años fueron llegando todo tipo de estrellas como Vieri, Lardín, Juninho, Valerón, Baraja, Hasselbaink... y entre todos consiguieron bajarlo a Segunda División solo cuatro años después del éxito absoluto, la plaza de toros de Las Ventas llena hasta la bandera y los elefantes desfilando por las calles de Madrid en uno de esos alardes circenses del difunto Jesús Gil.

No sé cuántos años hacía que el Atleti no ganaba un título de liga, sí recuerdo dos títulos de Copa seguidos a principios de la década: uno frente al Madrid en el Bernabéu -goles de Futre y Schuster- y otro creo que contra el Mallorca, pero puedo equivocarme.

Parecía un traspaso de poderes: Cruyff había dominado del 90 al 94 y ahora le tocaba a Antic. Once días antes los dos entrenadores se habían vuelto a enfrentar en Zaragoza, final de la Copa del Rey. Un tostón de partido que se decidió en la prórroga con gol de Milinko Pantic de cabeza. A Pantic se le daba de lujo el Barça, el año siguiente le metió cuatro goles en el Camp Nou en otra eliminatoria de Copa pero perdieron igualmente en los últimos minutos, 5-4.

Al final, el doblete del Atleti fue una especie de oasis que dejó varios mitos por el camino. El primero, el propio Pantic, a quien aún se venera en el Calderón con un ramo de flores pegado a uno de los corners. El segundo, diría, ese regate de Caminero en el Camp Nou. Incluso Almodóvar lo sacó en "Carne Trémula". Liberto Rabal -¡Liberto Rabal!- y Javier Bardem pelean en el suelo a muerte, creo que por una mujer, cuando de repente, de reojo, ven la jugada, cantan el gol y se abrazan. Luego siguen peleando.

Para mí, eso es el fútbol.

miércoles, 17 de noviembre de 2010

Más que amigos


Yo me identificaba con Chemita.

Chemita era el feo del grupo de la manera que se puede ser feo en una serie de post-adolescentes, es decir, no siendo escandalosamente guapo y musculoso. Andaba detrás de Paz Vega y Elena Ballesteros de una manera un tanto aleatoria. A la que caiga. Intentaba hacerlas reír y mostraba su inteligencia y ellas se iban con el primer Javi Martín que aparecía por la pantalla.

La idea era muy sencilla pero muy resultona: hay un grupo de veinte-treintañeros más o menos en crisis pero son amigos, muy amigos, amantes en ocasiones, y se juntan en un bar de la Plaza de los Cubos para festejar su amistad y leer el periódico con Iñaki Miramón y Emilio Línder. Junta unos cuantos embarazos, crisis matrimoniales, amores no correspondidos y recuperaciones para septiembre con un verano de piscinas, bikinis y abdominales y tienes la serie ideal para el chico de 20 años que yo era en 1997.

La serie triunfó -hasta cierto punto: empezó como serie veraniega y duró hasta marzo del año siguiente- por los actores. Eran guapos, divertidos y muy buenos. Ya he mencionado a Paz Vega y Elena Ballesteros, debutando en televisión las dos, además teníamos a Alberto San Juan, Melanie Olivares, Ana Risueño -siempre estuve enamorado de Ana Risueño-, Armando del Río, Leire Berrocal y Jordi Bosch, que interpretaba al mencionado y golpeado por la vida Chemita.

Uno se hace mayor el día que se entera de que Elena Ballesteros tiene un hijo y está casada con un amigo tuyo.

Es terrible.

Casi todos han hecho carrera, más o menos exitosa, incluso con coqueteos hollywoodienses. Creo que ahí estaban en su salsa. Soy un firme defensor de los relatos generacionales aunque todas las generaciones tengan los mismos problemas. Entre "Compañeros" y "Física o química" hay una diferencia de grado pero no de modo. De lenguaje y de formas pero no de fondo. Chicas guapas y chicos atractivos. Sueños de una realidad maravillosa y perfecta que no se parece en nada a la que te rodea. "Friends", en una palabra. Toda nuestra generación vivió enamorada de Jennifer Aniston y Courtney Cox y así nos va a todos.

martes, 9 de noviembre de 2010

R.E.M.- Out of time


En 1991 también había premios de la MTV. Los echaban en Antena 3, la vieja Antena 3, y los comentaba José Ramón Pardo. Creo que con eso lo digo todo. Pardo se perdía entre raperos y hiphoperos y primeros grunges desaliñados y manifestaba su estupor porque a REM, en Estados Unidos, "se les llame algo así como Arem". Lean conmigo en inglés las iniciales del grupo y sabrán de qué demonios les estoy hablando. Pardo no fue capaz.

El caso es que aquel fue el año de REM, quienes, efectivamente, arrasaron en aquellos premios y en muchos otros con "Losing my religion". Para nosotros era su primer disco. Para los que sabían algo de música era el séptimo. Como en el colegio yo ya era un excéntrico resultaba que era el único que los escuchaba. Y además me gustaban. Por mi cumpleaños, casi con cierta sorna, me regalaron la cinta entera. Creo que ya había salido por entonces "Shiny happy people" como single. Una canción detestable, por cierto.

Recuerdo escuchar la cinta aquella una vez tras otra en un viejo transistor gris que tenía mi abuela en la cocina. Era nuestra idea de clase media-baja de lo que era un radiocassette. Me resultaba un disco triste y alegre a la vez. Pesimoptimista, que diría Albert Sans. Mi canción favorita se llamaba "Near wild heaven" y a mí me parecía que hablaba de alguien enamorado. Yo tenía 14 años y estaba enamorado hasta las trancas, el primer amor, ya saben, y tarareaba en algo parecido al inglés: "Whenever we hold each other", sin reparar en el "there´s a feeling that´s gone" ni en el "something has gone wrong" porque, sencillamente, no me interesaban.

Michael Stipe era alegre y colorido. Hasta cierto punto me recordaba a un Parker Lewis con problemas de caída de pelo. Luego se hizo más profundo y serio. Y se acostó con Courtney Love, o eso dicen. Le seguí hasta "Automatic for the people", más por "Drive" que por "Man on the moon" -nunca fui de segundos singles- y empecé a abandonarle en "Monster", justo cuando conocí a una chica completamente enamorada de la banda.

Le compré un disco de rarezas en una tienda que no era Doctor CD pero igual estaba cerca de los cines Luna.

Eso fue todo. Una vez, ya por 1996, compré una entrada para un concierto suyo en Las Ventas pero no vinieron. En su lugar tocaron The Cure, junto a Oasis, Belly y Anphetamine Discharge. A mí me dio una insolación o algo parecido a un ataque de ansiedad y me fui a la tercera canción de Robert Smith. No sé a quién se le ocurrió cambiar a REM por The Cure, visto desde la distancia parece una tontería enorme. Lo que queda de todo aquello es el recuerdo de Liam Gallagher escupiendo a las primeras filas.

La chica no estaba mal, tampoco, nos vimos medio año después pero yo ya estaba enamorado de otra.

lunes, 1 de noviembre de 2010

American Beauty



Jugaba con el esperpento, es decir, podía resultar genial y ridícula según la interpretación. Por ejemplo, la escena de la bolsa flotando y el monólogo del chico raro: "(...)Video's a poor excuse, I know. But it helps me remember... and I need to remember... Sometimes there's so much beauty in the world I feel like I can't take it, like my heart's going to cave in". A veces, hay tanta belleza en el mundo que siento que mi corazón va a derrumbarse. Me pasa a menudo.

La escena, en cuestión: ¿a ustedes, qué les parece? Para algunos era una obra maestra dentro de una obra maestra, para otros era una simple chorrada pretenciosa. Con 20 años tendía a pensar lo segundo; con 33, me inclino a algo parecido a lo primero. Lo más fácil con la película era acudir al tópico: es una devastadora crítica de la sociedad americana. Cada año estrenan cinco películas con ese tópico, deberían incluirlo dentro de los géneros: comedia, drama, musical, devastadora crítica... Huyo de lo general y me quedo en lo concreto. En la historia. En la enloquecida historia. En Kevin Spacey sirviendo hamburguesas y toda esa sucesión de personajes absolutamente perdidos y frágiles.

Tenía algo de película sobre peterpans.

Volvamos a Spacey: venía de "Sospechosos habituales". No sólo eso, era el puto Keiser Sozée en "Sospechosos habituales". Creo que he visto a pocos actores ganar dos Oscars de manera tan merecida en tan poco tiempo. Esta película para mí era Spacey y por supuesto era la muy inquietante Mena Suvari, cubierta de pétalos de rosas. La sonrisa de Mena Suvari. La sonrisa de la cheer-leader. El mundo de "American Beauty" es un mundo en el que uno puede dejar su trabajo, ponerse a servir hamburguesas y enamorarse locamente de una cheer-leader, aunque te acerques peligrosamente a los cincuenta.

No sé si ese mundo es un mundo americano. Por el título diría que sí, pero en realidad casi todo el cine se define por oposición o parentesco al modelo americano, así que me da igual. Mi equipo de baloncesto puso animadoras en un partido de presentación, allá por 1995, y la cosa acabó muy mal. Sin embargo, sé perfectamente lo que significa ser el quarterback del equipo, la cara de orgullo de tu padre cuando consigues un home-run o los nervios incontrolables cuando presientes que no vas a conseguir la chica que quieres para el baile de promoción.

Mena Suvari y sus miedos. La belleza americana opuesta a la belleza durmiente -Sleeping Beauty-. Esa concatenación de catástrofes del final y la bolsa de plástico dando vueltas en el aire sin ningún sentido. Tratando de dar sentido a lo que no tiene sentido. O deleitándose, sin más: hay tanta belleza en el mundo...

Puede que en el fondo la película fuera una cursilería y yo no esté mostrando aquí más que una debilidad, pero recuerden que soy un esteta, y en los 90 lo era mucho más, así que me temo que van a tener que disculparme de nuevo.