Uno no puede hablar de su postadolescencia noventera y obviar el "Caribe Mix" y sus sucedáneos de verano. Yo creo que con los años se han ido cargando el verano musical o más bien lo han ido colapsando de sexo explícito. Apenas hay sitio para las sutilezas y con "sutilezas" no me refiero a Georgie Dann hablando de atributos raciales sino a determinadas metáforas.
Veamos, la cosa empezó en 1995 con "El tiburón", de Proyecto Uno. A esa edad, yo iba a discotecas y aunque decía que iba a bailar, por supuesto la idea de "conseguirme una fresca" no me disgustaba en absoluto. El problema eran "los profesionales". En toda discoteca o en toda fiesta, en general, te acabas encontrando con "profesionales" del ligoteo que saben siempre lo que decir y lo que hacer y que se van a acabar llevando a tu chica porque se la merecen, simplemente son mejores. Revolotean por ahí, ves la aleta asomarse y sabes que la presa está perdida, mejor búscate otra zona de pesca.
Oh, my God, ese tiburón no es fácil...
Lo único realmente irritante de esa canción era el "No pares, sigue, sigue" que era un preludio del molestísimo "Follow the leader, leader, leader" de años después. Lo demás se lo perdono, incluso el "un poquito más suave/un poquito más duro" más que nada porque era todo un disparate y los disparates me encantan. Aunque, efectivamente, ahora que lo pienso, sutil era lo justo.
Visto el éxito de Proyecto Uno, al año siguiente, Wilfredo Vargas (y varios otros) lo intentaron con otro animal entrañable: "El venao". A mí el tipo me daba mucha pena. Igual que el tiburón era un vencedor prepotente, este hombre era de una ternura desoladora. El pobre hombre todo enamorado, cornudo y además apaleado. Todos los amigos allí detrás dejándoselo claro y él, don erre que erre, creyendo la explicación de la chica.
En Malasaña, fiestas del PCE, etcétera, la bailábamos como debía ser, llevándonos las manos a la cabeza y haciendo el gesto de los cuernos. Había algo cómico y a la vez trágico en la canción, incluyendo un castellano muy improbable. Al año siguiente esperábamos algo parecido: bailongo, real como la vida misma y con altas dosis de cinismo. Sin embargo nos encontramos a Raúl o algo así y ya nos vinimos abajo.
Veíamos porno codificado. Todos lo veíamos. Entornando los ojos o no, masturbándonos o no. Los recuerdos de mi primera película porno en Canal Plus ya en abierto son recuerdos de madrugada prohibida y baño recién pintado. Estábamos de obras en casa, yo dormía en el cuarto de la televisión. Las cadenas privadas nos habían golpeado directamente en el corazón: tetas y fútbol. Imaginábamos posturas -en los recreos se oían auténticas barbaridades sobre la anatomía femenina y el concepto de "vagina"- e imaginábamos goles en Atocha y Las Gaunas. Retiren la llave, decían, como si la realidad no existiera.
Recuerdo "Ay, qué calor" como uno de los primeros escándalos. Ahora sería un programa inocente, tan inocente que nadie lo vería. Ahora, cualquiera Lapiedra enseña las tetas en prime-time y anuncia su puticlub sin problemas pero en 1991 no era tan fácil. Hasta donde yo me acuerdo, "Ay, qué calor" era un concurso que copiaba la estética italiana: un presentador feo y una co-presentadora modelo, en este caso, Luis Cantero y la jovencísima Eva Pedraza. En medio, supongo que alguien quería ganar algo acertando preguntas o haciendo el ganso y unas muchachas probablemente también italianas cantaban "chin-chin, chin-chin, ven a jugar conmigo; chin-chin, chin-chin, seremos muy amigos", se abrían el corsé o lo que fuera y enseñaban su buen par de tetas latinas.
El sueño de Bigas Luna.
En fin, piensen en ello: teníamos 13 años y esas chicas nos decían esas cosas a nosotros los pajeros de noche. ¿Cómo no pensar que de mayores todo sería así? Te harías muy amigo de chicas semidesnudas dispuestas a enseñarte las tetas de la manera más gratuita del mundo y sin codificaciones de por medio. Aquello era una receta para la frustración post-adolescente, por supuesto, esos pechos jamás llegaron.
Uno se acuerda de la televisión de los 80 y le parece un paraíso de la cultura y el entrenimiento intelectual porque existió la televisión de los 90. Sin la televisión de los 90 como elemento de comparación todo ese rollo "qué-buena-era-la-bola-de-cristal-y-cuánto-aprendían-los-niños" quedaría en nada. De hecho, visto en perspectiva, la televisión de antes de las Mamaciccio, las chicas Chin-chin, José Luis Moreno, los focos derruidos y los trajes rancios de Antena 3 TV y las rayas prometedoras de Canal Plus, sería irreconocible para cualquier chaval que ahora tenga 15-20 años.
Como para nosotros los seriales radiofónicos. Un enorme anacronismo. Incluso esa actitud tan cordial de los pibones primonoventeros les resultará sospechosa. Ahora las modelos son estatuas desafiantes e inalcanzables. Everything is broken. Everyone is broken. Why can´t you forget?
"Live through this", de Hole, fue un disco a la vez oportunista y desgraciado. Oportunista porque salió a la venta días después del suicidio de Kurt Cobain y demasiada gente vio una relación causa-efecto que, efectivamente, pudo provocar un aumento de ventas, pero a la vez tapó por completo la calidad del disco y sus canciones, el talento compositor de Courtney Love, su energía, su rabia...
Yo, que viví el grunge de una manera apasionada a mis 16-17-18 años, siempre pensé que aquel disco era el mejor de todos. Lo sigo pensando. Por supuesto, la carrera en global de Nirvana es superior, Pearl Jam tiene unas cuantas buenas canciones, Sonic Youth abrieron caminos, Soundgarden hizo "Black Hole Sun", que era algo más que un himno, los Stone Temple Pilots nos enredaron en la vaselina, Alice in Chains nos recordaron los 70 y así sucesivamente... pero como disco y como expresión de rabia, "Live through this" me parece incomparable.
Eso nos lleva a la figura de Courtney Love. Difícil de analizar. Se la comparó a menudo con Yoko Ono por razones obvias: temperamento complicado, demasiado control sobre su genial marido, cierto morbo al utilizar al difunto en beneficio propio... pero Yoko Ono no tenía ni la mitad del talento de Courtney. Es una auténtica pena que todo el mundo se fijara en la viuda y nadie en la cantante. Es una pena que la propia cantante se empeñara en asumir el papel de viuda mártir y luego viuda alegre.
No hubo un antes ni un después de "Live through this", eso también es cierto. Quiero decir, no sé si tiene sentido hablar de Hole como grupo o si basta con hablar de este disco. Por supuesto, sé que en 1990 -antes de conocer a Kurt Cobain o justo mientras le conocía- sacaron "Pretty on the inside", pero aquel disco es una excusa punk para llegar a la última canción: un minuto y medio desgarrador que repite slut kiss girl won´t you promise her a smack, is she pretty on the inside, is she pretty from the back? y después el obsesivo mantra there is no power like my pretty power. Probablemente sea una de las mejores canciones de un minuto y medio de la historia.
Pero "Pretty on the inside" era demasiado sucio, demasiado punk. Lo que diferenciaba el grunge del punk era el paso por el pop. El grunge era un punk triste, rabioso, brutal... pero con un punto elegante y sofisticado. "Pretty" no tenía nada de sofisticación, desde luego, igual que "Celebrity Skin" no tenía nada de rabioso ni de brutal y todo era asquerosamente artificial, pero claro, ya eran tiempos de power pop y se tenía que notar.
Hace mucho que no se sabe nada de Courtney Love. Lo último que vi de ella fue un capítulo de Muchachada Nui y dudo que la información fuera muy fiable (guiño, guiño). Creo que todo el mundo debería revisar "Live through this" ahora que nadie se acuerda de quién fue viuda de quién y podemos escuchar con los oídos más limpios. Todas las canciones son buenas. Algunas son magistrales. Las letras son de lo mejor que se ha escuchado en años.
Polígonos de las afueras de las capitales. Ruta del bakalao. Pantalones ceñidos y cadenitas. Macarras empastillados y niñas con primeros piercings. Discotecas de carretera. Me gustan las pastillas, blancas, rojas y amarillas (qué buenas, qué ricas, están las pastillitas). Valencia pero no solo Valencia, también Costa Polvoranca antes de las peleas y el asesinato y el declinar de la cultura de hormigón. Bloques gigantescos de hormigón en medio de ningún lado donde la gente podía perderse un viernes por la tarde y aparecer a rastras el domingo por la noche, o el lunes por la mañana.
Jamón, Jamón. A mí, Jamón, Jamón me parece una película interesantísima más allá de Javier Bardem y Penélope Cruz. Me parece una película mediterránea, con olores y sabores, bestia, valenciana, muy valenciana. Una película con aroma a pólvora y a fiesta de pueblo y a odios ancestrales y a maneras de resolver las cosas y a cojones del toro de Osborne castrados a pedradas y dos chicos exhaustos tirados en la arena después de casi matarse a base de jamonazos.
Obviamente, yo nunca estuve ni en Polvoranca ni en Requena, cuestión de edad. Y de gustos, supongo, porque puede que edad sí tuviera, al menos, edad legal. Yo lo veía desde fuera y con desprecio, un desprecio absoluto como el que uno puede sentir ahora por Belén Esteban, por ejemplo. Un desprecio casi de clase. Los pijos éramos grunges, los bakaladeros eran más bien "working class". Nada que ver con nosotros. Lo mirábamos con superioridad pero también con miedo, ojo, como dice el chiste "una epidemia que mate a todos los ricos no alarmaría a ningún pobre pero una epidemia que matara a todos los pobres asustaría inmediatamente a los ricos". ¿Qué demonios estaba pasando, por qué necesitaban cargarse la música, mirarse las pupilas contrayéndose y dilatándose, poner esas caras, sufrir esos infartos, pelearse a navajazos en lo que nosotros suponíamos era arena porque yo siempre he imaginado estos polígonos con una capa de polvo y arena levantándose?
El gran líder era Chimo Bayo. El primer gran líder. Fíjense: canciones sobre drogas -"Bombas, bombas", "Exta sí... exta no..."-, DJ valenciano de nombre inconfundible y banda sonora original de "Jamón, jamón". Chimo Bayo era lo más lejos que queríamos estar de la música pero a la vez era lo único que tolerábamos de todo aquello, sería incapaz de nombrar a un solo músico de aquella época salvo quizás a Paco Pil si es que alguien se tomaba a Paco Pil en serio, que lo dudo, porque para mí Paco Pil era una chiste comparado con lo que yo veía y oía del bakalao.
No sé si fue 1990 o 1991 cuando salió el "Así me gusta a mí". Hay que reconocer que era un temazo incluso aunque fueras a base de Coca-Colas. Música laberíntica que te lleva por donde quiere, rimas pegadizas, estribillo concluyente y fuerza de voluntad por todos los poros. Así me gusta a mí. Así me gusta a mí. Así... me gusta a mí. Y la parte incomprensible que aun veinte años después todos recordamos: chiquidam-chiquidam-chiquididamdamdam- que tumbambam- que tumbam que tebebetamtamtam- que tumbamquetem... un poeta, Chimo Bayo. Se aprovechó del desconcierto. Chimo Bayo nos pilló relajados, por sorpresa y luego quiso entrar por ahí todo tipo de mierda pero cerramos a tiempo el esfínter.
Lo que no quiere decir que no tuviéramos recaídas -"Eins, zwei, polizei", "Short dick men", "Lick it" y la transición hacia un ritmo discotequero más pop del estilo "Dance cherokee", "Scatman" o "I like to move it, move it..."- y no gritáramos de vez en cuando "Química, química", pero con muy poca fe, créanme.
El odio se sabe dónde empieza pero no dónde acaba. La primera versión del odio, de hecho, fue la risa. Hablo de Telecinco, claro. Las persecuciones en "Qué me dices" eran divertidas, novedosas, el tono, desenfadado, menos crispación que en "Tómbola", primer paradigma de la telebasura noventera. Los presentadores eran frescos y se llevaban bien entre ellos y Belinda Washington estaba buena pero no demasiado. Como contrapunto, Chapis, con sus orejas de soplillo, su naturalidad, un cierto macarrismo al hablar, voz cazallera, y guiones inteligentes.
Nos caía bien a todos, incluso a los filósofos adolescentes.
Chapis y Belinda Washington, ya digo, el origen de la desgracia. Después de ellos, el caos. Después de ellos, Salsa Rosa y Aquí hay Tomate. Es indudable que el formato de Aquí Hay Tomate era una copia del de Qué Me Dices, pero ahí estaba Jorge Javier Vázquez, el hombre que cuando era pequeño y le preguntaron qué quería ser de mayor dijo "miserable" y no ha dejado de intentarlo en toda su vida hasta acabar consiguiéndolo con creces. Si se piensa, Chapis era el anti-Vázquez. Chapis era de todo menos odio, y el QMD -empezaban las siglas, en Al Salir de Clase ya se hablaba del CBC- resultaba de una inocencia casi enternecedora.
El programa derivó en revista, algo muy de Telecinco, y en Telemadrid hicieron algo llamado "Macumba" y que pretendía ser parecido y en 1997 quitaron el programa, demasiado inocente ya incluso para esa época de odio declarado, escarnio de los famosos. "Ahí están, ríete de ellos, búrlate, no tienes su dinero ni su fama pero puedes humillarles. Podemos humillarles. Podemos odiarles y que lo sientan". Chapis tuvo una enfermedad o eso creo. No volvimos a saber nada de él.
María Teresa Campos se hizo con las mañanas, Terelu con las tardes. Corrillos y tertulias de mercado. La "claque" dejó de aplaudir.
Aunque ahora parezca mentira, Michael Robinson no siempre presentó El Día Después. De hecho, comenzaron Nacho Lewin y Jorge Valdano, justo después de su retirada como futbolista -intentó llegar al Mundial de 1990 pero Bilardo lo descartó finalmente- y justo antes de fichar por el Tenerife y como diría el poeta, liarla parda. Lewin llevaba dos relojes. No recuerdo por qué, pero los llevaba y se preocupaba de recordárnoslo continuamente. Valdano era metódico y riguroso en el análisis. Fue el primer año de la era Cruyff, él sería clave en los dos siguientes.
El programa tenía encanto porque era en abierto. Nuestra oportunidad de ver la famosa "cámara super lenta" sin codificaciones y ya contaba con la pizarra cibernética para el análisis táctico -poco más o menos lo que luego sería el PC Fútbol- el famoso "Lo que el ojo no ve" con curiosidades de los distintos estadios y un resumen de la liga italiana, el otro gran reclamo de Canal Plus en los años del Milan de Capello y la Juve de Roberto Baggio.
Fue en 1991 cuando se incorporó Michael Robinson. Robinson ya había deslumbrado en el Mundial como comentarista. Nadie se lo esperaba. Hace casi veinte años ya era capaz de hablar ordenadamente mal y que se le entendiera con una claridad absoluta. De hecho, hace casi veinte años hablaba igual que ahora. Robinson había sido un delantero centro tanque durante los 80 en el Liverpool y el Osasuna y encontró su papel en la vida como carne de televisión. Era un presentador buenísimo y un analista de primera. Recuerdo que Antic se lo quiso llevar como segundo entrenador cuando llegó al Atleti en 1995. Robinson pasó de la oferta y Gil se llevó el doblete.
La pareja Lewin-Robinson funcionaba. Uno era acartonadamente simpático y el otro era espontáneamente serio. Como un señor de alta sociedad intentando no parecer demasiado arrugado y un tipo de pueblo inentando agradar a los burgueses. El Día Después se convirtió en una referencia del fútbol de calidad y el periodismo de calidad, con reportajes impresionantes, como aquel de Benito Floro en los vestuarios de Lleida -¡con el pito nos los follamos!-. Anda que no dio de sí esa frase en las aulas del Ramiro de Maeztu. A partir de El Día Después y su escuela se entienden todos los programas posteriores de PRISA: platós enormes y fríos, mesas de metacrilato y una sensatez a veces agotadora. El reverso de Punto Pelota.
Hubo una temporada que se fue Lewin y ficharon al Lobo Carrasco, recién retirado tras una aventura en el Sochaux francés. Aquello fue un desastre. Carrasco es un correcto comentarista pero un nulo presentador. Ramos Marcos se convirtió en mucho más de lo que jamás habría soñado y llegó a creer que sabía de fútbol. En ocasiones, aún lo cree. A todos ellos se les sumó Raúl, un jugador del Numancia, aquel Numancia que llegó a cuartos de final de Copa en 1996 y se la jugó en el Camp Nou a todo un Barcelona.
Después llegó Pedrerol, justamente Pedrerol, y entendió perfectamente de qué iba la historia. Un tipo inteligente, Pedrerol.
Mi primer concierto fue de Roxette. Miento. Mi primer gran concierto fue de Michael Jackson en 1986 ó 1987, en el Vicente Calderón, pero los conciertos con "mayores" no cuentan así que tenemos que darle al flash forward y llegar al invierno de 1991 en el Pabellón de Deportes del Real Madrid, metro de Begoña. Yo era fanático de Roxette. No me culpen, era un niño, casi, y su pop era tan fácil y sus baladas tan románticas -ese "It must have been love" o "Fading like a flower" o incluso "Spending my time". Lo combinaban con un cierto buen rollo estilo "Joyride" o "The look".
De hecho, todo empezó con "The look" pero me temo que eso sería deslizarse peligrosamente a los 80, a 1989, en concreto, puede que me equivoque. A mí me gustaba una chica de ojos marrones. Una chica de 12 años, por supuesto, era lo suyo y me preguntaba walkman en mano: "What in the world can make a brown-eyed girl turn blue, when everything I´ll ever do, I´ll do it for you". Eran tiempos del pesado de Bryan Adams. El caso es que a la chica también le acabó gustando Roxette. En este blog se ha hablado ya de ella, pero saben que me niego a poner nombres ni apellidos. La combinación Roxette-Chica se hizo irresistible, por mucho que yo por entonces ya fuera antimadridista y tuviera que volverme solo, principal y lógico motivo de preocupación de mi familia.
Los recuerdos fugaces que tengo de entonces tienen que ver con "Dressed for success" y lo que empezaba a ser "Tourism" el siguiente disco y por supuesto "Join the joyride" a todo volumen. Mi primer pitido en los oídos al salir del recinto. Pedir coca-colas con ella en un bar masificado, también, esas cosas.
En realidad, Roxette era un grupo ochentero, nos pongamos como nos pongamos. Un grupo con laca y hombreras y puro pop. Pero triunfó a principios de los noventa, cosa de los calendarios. Por mucho que pasen los años y uno vaya a festivales indie y hable sobre las diferencias entre Love of Lesbian y Vetusta Morla nadie me podrá convencer de que "Look sharp", "Joyride" y "Tourism" son tres pedazos de discos. Este último más íntimo, reflexivo, de "¿qué demonios estoy haciendo con mi vida?", canciones tipo "Here comes the weekend" o "Never is a long time". Era un disco que pretendía ser íntimo y comercial y creo que consiguió las dos cosas a pesar de lo esquizofrénico de la expectativa. Al menos a mí me resultaba entrañable y tristón. Quinceañero.
Marie Friedriksson pasó por varios cánceres y se recuperó, pero el grupo paró por completo su carrera. Per Gessle, el verdadero alma del grupo, lo intentó en solitario sin ningún éxito. En 2001 tuvieron una breve "re-entrée" con una canción que a mí me encantaba y se llamaba "The center of the heart". Por supuesto, y con su horrible sentido del timing, la canción era noventera a más no poder. En 2004 la chica se casó. No fue conmigo, por supuesto, si no imagínense que ñoñería de post.
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