jueves, 16 de septiembre de 2010

El Día Después


Aunque ahora parezca mentira, Michael Robinson no siempre presentó El Día Después. De hecho, comenzaron Nacho Lewin y Jorge Valdano, justo después de su retirada como futbolista -intentó llegar al Mundial de 1990 pero Bilardo lo descartó finalmente- y justo antes de fichar por el Tenerife y como diría el poeta, liarla parda. Lewin llevaba dos relojes. No recuerdo por qué, pero los llevaba y se preocupaba de recordárnoslo continuamente. Valdano era metódico y riguroso en el análisis. Fue el primer año de la era Cruyff, él sería clave en los dos siguientes.

El programa tenía encanto porque era en abierto. Nuestra oportunidad de ver la famosa "cámara super lenta" sin codificaciones y ya contaba con la pizarra cibernética para el análisis táctico -poco más o menos lo que luego sería el PC Fútbol- el famoso "Lo que el ojo no ve" con curiosidades de los distintos estadios y un resumen de la liga italiana, el otro gran reclamo de Canal Plus en los años del Milan de Capello y la Juve de Roberto Baggio.

Fue en 1991 cuando se incorporó Michael Robinson. Robinson ya había deslumbrado en el Mundial como comentarista. Nadie se lo esperaba. Hace casi veinte años ya era capaz de hablar ordenadamente mal y que se le entendiera con una claridad absoluta. De hecho, hace casi veinte años hablaba igual que ahora. Robinson había sido un delantero centro tanque durante los 80 en el Liverpool y el Osasuna y encontró su papel en la vida como carne de televisión. Era un presentador buenísimo y un analista de primera. Recuerdo que Antic se lo quiso llevar como segundo entrenador cuando llegó al Atleti en 1995. Robinson pasó de la oferta y Gil se llevó el doblete.

La pareja Lewin-Robinson funcionaba. Uno era acartonadamente simpático y el otro era espontáneamente serio. Como un señor de alta sociedad intentando no parecer demasiado arrugado y un tipo de pueblo inentando agradar a los burgueses. El Día Después se convirtió en una referencia del fútbol de calidad y el periodismo de calidad, con reportajes impresionantes, como aquel de Benito Floro en los vestuarios de Lleida -¡con el pito nos los follamos!-. Anda que no dio de sí esa frase en las aulas del Ramiro de Maeztu. A partir de El Día Después y su escuela se entienden todos los programas posteriores de PRISA: platós enormes y fríos, mesas de metacrilato y una sensatez a veces agotadora. El reverso de Punto Pelota.

Hubo una temporada que se fue Lewin y ficharon al Lobo Carrasco, recién retirado tras una aventura en el Sochaux francés. Aquello fue un desastre. Carrasco es un correcto comentarista pero un nulo presentador. Ramos Marcos se convirtió en mucho más de lo que jamás habría soñado y llegó a creer que sabía de fútbol. En ocasiones, aún lo cree. A todos ellos se les sumó Raúl, un jugador del Numancia, aquel Numancia que llegó a cuartos de final de Copa en 1996 y se la jugó en el Camp Nou a todo un Barcelona.

Después llegó Pedrerol, justamente Pedrerol, y entendió perfectamente de qué iba la historia. Un tipo inteligente, Pedrerol.

jueves, 9 de septiembre de 2010

Roxette


Mi primer concierto fue de Roxette. Miento. Mi primer gran concierto fue de Michael Jackson en 1986 ó 1987, en el Vicente Calderón, pero los conciertos con "mayores" no cuentan así que tenemos que darle al flash forward y llegar al invierno de 1991 en el Pabellón de Deportes del Real Madrid, metro de Begoña. Yo era fanático de Roxette. No me culpen, era un niño, casi, y su pop era tan fácil y sus baladas tan románticas -ese "It must have been love" o "Fading like a flower" o incluso "Spending my time". Lo combinaban con un cierto buen rollo estilo "Joyride" o "The look".

De hecho, todo empezó con "The look" pero me temo que eso sería deslizarse peligrosamente a los 80, a 1989, en concreto, puede que me equivoque. A mí me gustaba una chica de ojos marrones. Una chica de 12 años, por supuesto, era lo suyo y me preguntaba walkman en mano: "What in the world can make a brown-eyed girl turn blue, when everything I´ll ever do, I´ll do it for you". Eran tiempos del pesado de Bryan Adams. El caso es que a la chica también le acabó gustando Roxette. En este blog se ha hablado ya de ella, pero saben que me niego a poner nombres ni apellidos. La combinación Roxette-Chica se hizo irresistible, por mucho que yo por entonces ya fuera antimadridista y tuviera que volverme solo, principal y lógico motivo de preocupación de mi familia.

Los recuerdos fugaces que tengo de entonces tienen que ver con "Dressed for success" y lo que empezaba a ser "Tourism" el siguiente disco y por supuesto "Join the joyride" a todo volumen. Mi primer pitido en los oídos al salir del recinto. Pedir coca-colas con ella en un bar masificado, también, esas cosas.

En realidad, Roxette era un grupo ochentero, nos pongamos como nos pongamos. Un grupo con laca y hombreras y puro pop. Pero triunfó a principios de los noventa, cosa de los calendarios. Por mucho que pasen los años y uno vaya a festivales indie y hable sobre las diferencias entre Love of Lesbian y Vetusta Morla nadie me podrá convencer de que "Look sharp", "Joyride" y "Tourism" son tres pedazos de discos. Este último más íntimo, reflexivo, de "¿qué demonios estoy haciendo con mi vida?", canciones tipo "Here comes the weekend" o "Never is a long time". Era un disco que pretendía ser íntimo y comercial y creo que consiguió las dos cosas a pesar de lo esquizofrénico de la expectativa. Al  menos a mí me resultaba entrañable y tristón. Quinceañero.

Marie Friedriksson pasó por varios cánceres y se recuperó, pero el grupo paró por completo su carrera. Per Gessle, el verdadero alma del grupo, lo intentó en solitario sin ningún éxito. En 2001 tuvieron una breve "re-entrée" con una canción que a mí me encantaba y se llamaba "The center of the heart". Por supuesto, y con su horrible sentido del timing, la canción era noventera a más no poder. En 2004 la chica se casó. No fue conmigo, por supuesto, si no imagínense que ñoñería de post.

lunes, 30 de agosto de 2010

The Full Monty


El cine social británico. Años post-tatcheristas, porque durante el tatcherismo, reconozcámoslo, había menos huevos. Pero luego Ken Loach tirando piedras e incluso Stephen Frears con sus adaptaciones irlandesas de las historias de Roddy Doyle, incluyendo aquella furgoneta grasienta que acompañaba las victorias de Eire en el Mundial del 90, Ray Houghton y compañía.

De Escocia llegó "Trainspotting", cortesía primero de Irvine Welsh y posteriormente de Danny Boyle. El libro era mejor que la película pero la película no estaba mal. Descubrimos a Ewan McGregor y a ese entrañable y delgadísimo Robert Carlyle, que hacía de "Franco", el amigo macarra de la pandilla escocesa, "Oh, Danny Boy, Danny Boy". El inocente Rents y su grupo de colgados: "Ser inglés es una mierda pero ser escocés es aún peor, ni siquiera hemos encontrado un pueblo mínimamente decente que nos colonice", decían en medio de un valle con montañas al fondo.

En fin, Carlyle tuvo sus dos años de fama brutal y luego se deshizo en películas comerciales. Por supuesto, su momento de gloria llegó con "The full monty". Lo mismo la gente ahora no se acuerda pero aquello fue un bombazo con todas las letras. Clase media-baja del norte de Inglaterra luchando por sacar adelante a sus familias a la desesperada. Y en vez de hacernos llorar e indignarnos, nos hacían reir. Por supuesto, era una risa culpable. Una de esas risas -como esos orgasmos- que cuando acabes dices "Dios mío, ¿qué he hecho? Esto está mal". Sí, estaba mal. Desnudarse y hacer el ridículo y que todo el mundo se ría de ti por dinero.

Solo que al final no era por dinero. Al final era por orgullo y eso estaba bien. Dejaba de ser una historia de perdedores patéticos para convertirse en un grupo de gente con una idea fija en la mente y dispuestos a todo para conseguirla. Su risa también sería culpable, también habría un día después y un "Dios mío, ¿qué he hecho?" pero eso no venía en la película, acababa justo antes.

Fueron tiempos de Full Montys por todos lados: bomberos, futbolistas, fontaneros, jugadoras de hockey... de repente, surgió la fiebre del desnudo y el strip-tease. No sabría relacionarlo con una peor situación económica porque eran los tiempos en los que "España iba bien", recuerden. El virus, como Carlyle, igual que vino, se fue. Probablemente fuera lo mejor para todos.

lunes, 23 de agosto de 2010

Spin Doctors -Two princes



A ver, a mí la muchacha me gustaba pero a ella le gustaba otro. Como siempre, había un abismo entre mi confianza en mí mismo y la confianza de los que me rodeaban. Normalmente, cuando los demás dicen "eso lo tienes hecho" yo lo veo como algo imposible y viceversa. Aquí, nadie daba un duro por mí. Era lo que los americanos llaman un "underdog" y el gran favorito lo tenía todo de su lado. Crítica y público. Y a la muchacha en cuestión, claro. Recuerdo pasear tenso y valiente por la Plaza de Bami, rumbo a su casa, a verme con los dos y compararme con Aznar en del primer debate contra Felipe González.

Antes de que Felipe González ganara esas elecciones, claro, si no vaya porquería de comparación.

El caso es que todas las apuestas estaban contra mí y yo me convertí en un perdedor sonriente. No todo el rato, advierto, en otras me convertía en un perdedor lacrimógeno que pasaba los anocheceres junto a la Plaza de Toros de Las Ventas y esperaba que la Chica Langosta saliera de Frutas Eduardito para llorarle un rato. Lo que pasa es que ella era más lista y no salía nunca. A lo que iba, que la cosa tal y como yo la veía estaba entre él y yo. Incluso percibía esa incomodidad en todo Goliath cuando ve a un David tocapelotas enredar por ahí. Miedo al fracaso, lo llamaba yo.

La banda sonora de aquel enamoramiento fue Spin Doctors y su "Two princes". La canción resumía todo lo que ya he contado antes: una chica tiene que elegir entre una opción sensata y una opción disparatada. La gran diferencia es que la chica de la canción sí tenía dudas, la de la realidad, ninguna. Los Spin Doctors eran unos chicos divertidos, con sus barbas y sus pelos largos y sus gorros de patinadores canadienses, que hicieron un primer disco, "Pocketful of kryptonite", completamente dedicado a mí y a mis relaciones sentimentales. Todo un detalle. Aparte de la obviedad de "Two princes", tenían "Little Miss can´t be wrong", que me recordaba a la misma chica y sus ataques de arrogancia -es decir, cuando no me hacía ni caso-, y "Jimmy Olsen´s Blues" que era otra historia de perdedores con ritmo beat.

I don´t think I can handle this, a cloudy day in Metropolis, I think I´m going out of my brain, I´ve got it so bad for little Miss Lois Lane.

En realidad era eso: Jimmy Olsen compitiendo contra Superman. La metáfora era más adecuada que la de los amores sensatos y los amores disparatados. No había nada parecido al amor en esa historia y tal y como habrán imaginado, la muchacha en cuestión se fue con el otro príncipe y yo seguí en la puerta de Frutas Eduardito unos cuantos años más. Luego le dejó a él también, como suele ser habitual, y parafraseando a Sabina diré aquello de "¿Saben qué les digo? Superman y yo nos hicimos amigos el día en que la muchacha nos dejó... por otro idiota".

Intrahistorias aparte, la educación siempre ha sido uno de mis principales activos.

lunes, 16 de agosto de 2010

Parker Lewis Nunca Pierde


Parker Lewis podía parecer ochentero: camisas de colores, hombreras y flequillo-tupé con laca. Sin embargo, era la imagen perfecta de la decadencia de esa estética, del final de una época. Si Parker Lewis y sus colegas eran unos inadaptados, si aquel instituto era una colección de frikis era en parte por su empeño en vivir en otro tiempo, un tiempo más feliz. Los nuevos ya llevaban camisas de leñador y pantalones gastados.

La serie llegó aquí a principios de los noventa a Telemadrid, recipiente de algunas de las mejores series extranjeras de aquella época antes de convertirse en el coto privado de Curris Valenzuelas e Isabeles San Sebastián. Por supuesto, nos fascinó. Todo aquel ingenio y toda aquella locura adolescente, nosotros, chicos del Ramiro de Maeztu, aún inadaptados, primero de BUP. Nada que ver con "Salvados por la campana", California, chicos guapos y chicas que acabarían desnudas haciendo de showgirls en películas del tres al cuarto. Empiezas haciendo de Screech y acabas de productor y actor porno, es el camino natural. Lean más a Bret Easton Ellis.

Parker Lewis era un buen chico, consciente de que vivía en un mundo problemático que no iba a ir a mejor. Por eso tenía que ser más listo. No para ligar ni para fardar -que también-, había en Lewis un punto de superviviente, de tipo entre tribus, de francotirador. Algo entre Zach Morris y Columbine. Recuerdo una escena maravillosa en la que los pringados se quedaban fuera del baile de promoción -o lo que fuera-, sentados en un banco, mirando la gente que entraba y salía. Cuando abrían la puerta, la música se escapaba y los listos -"nerds", se diría ahora- buscaban título y artista. "Achy breaky heart", Billy Ray Cyrus. Lo intentaban. Con todas sus fuerzas. Se habían aprendido de memoria todas las canciones que no bailarían jamás.

Su esfuerzo era entrañable. Los chicos que no sabemos bailar, nos sabemos todas las canciones, sus títulos y sus letras. Si no, las inventamos.

Miley ni siquiera había nacido.

martes, 10 de agosto de 2010

Pavement-Fight this generation



¿Y qué hay más atractivo que combatir a toda una generación? Cualquier generación. Nuestra generación por no ser como nosotros, la generación de nuestros padres por no ser como nos gustarían, la generación siguiente, por llamarla de alguna manera, la de los bakaladeros y las chonis inminentes y sus drogas de diseño. Nuestra generación éramos nosotros, fuéramos quienes fuéramos. Yo hablaba pedantemente de "la generación del 77", tenía una fe ciega en nuestro talento. Podría admitir a gente del 76 o incluso del 78, 79, pero 1980 era por entonces una fecha imposible, una fecha de niños y niñas recién salidos del colegio.

La generación del 77. Valiente tontería. Cuando sales del instituto, el triunfo se da por hecho. Ni siquiera te planteas mucho en qué consiste eso del "triunfo", simplemente todo ha salido rodado, curso tras curso, todo el mundo está contento contigo y todo, absolutamente todo, seguirá así. Nada podrá pararnos. La generación del 77 -y la del 76- como habrán supuesto algunos escuchaba a Pavement. Tampoco en eso nos poníamos de acuerdo, porque a algunos les gustaban los dos primeros discos y algo menos el tercero y yo no soportaba ni Slanted ni Crooked pero flipaba con Wowee Zowee. "Flipaba" es quedarse corto. Creo que ya he comentado antes que la única canción que soy capaz de aporrear a la guitarra es "Rattled by the rush". El principio, al menos.

En fin, más cosas: viajamos de Madrid a Malpica de Bergantiños un verano. Eran los tiempos en los que en Malpica no había festivales de música indie y nosotros íbamos con nuestro CD Player y nuestras literas. Por alguna circunstancia, el único CD que se leía sin baches era el de Pavement. Lo consideramos una señal. "Grounded" era inquietante, "Father to a sister in thought" era una preciosidad semirromántica y "Flux=Rad" tenía una potencia medio grunge, medio punk, algo parecido al "Pretty on the inside" de Hole aunque sin llegar a tanto, claro.

Mi hermano tenía un grupo y la tocaban en directo. Sospecho que eso fue antes de "She´s so hot, she can´t wait no more" pero reconozco que yo iba a los conciertos de mi hermano por las chicas y supongo que esto no le dolerá porque ya lo intuiría entonces.

Pero la canción definitoria era la siguiente, un comienzo algo porrero, tendido, divergente y un ritmo sostenido que iba llevando al mensaje: "Your life is about to come, away from the mirror, in a rainshed generation... Fight this generation, fight this generation". Un mantra obsesivo, casi de secta, de esquizofrénico que oye voces en su cabeza que le piden que queme casas e iglesias. Sospecho que la secta es el lugar natural de todo adolescente. Nosotros se lo gritábamos a la cara pero no sabíamos a la cara de quién.

P.D. El vídeo elegido no es en el que mejor se oye la canción, pero responde a nuestra idea de lo que era un concierto de un grupo semi-grunge en 1994 y me pareció interesante, para puristas, mejor cliqueen aquí.

lunes, 2 de agosto de 2010

Beautiful girls


Timothy Hutton iba a casarse y se le cruzó Natalie Portman. Estas cosas pasan. Se le cruzó con sus 13 años y su pose de listilla frágil y pre-adolescente y sus coqueteos de niña a mujer, algo más que una lolita, mucho más sutil que una lolita porque una lolita es algo ya demasiado "déjà vu" y en ocasiones francamente agotador. Esas niñas que juegan a ser mayores y escandalosas, con su ristra de tópicos a la espalda.

Natalie Portman, no. Ya digo: era una listilla, pero con mirada de huerfanita. Todo el mundo sabe que yo siento debilidad por las chicas con mirada de huerfanita y eso ya me pasaba a los 19 años. Timothy Hutton no se lo podía creer: tenía una prometida preciosa, un grupo de amigos preparados para acompañarle en el día más feliz de su vida, una familia que le apoyaba y celebraba y él de repente se enamoraba de una pre-adolescente a la que ni siquiera podía tocar, por supuesto.

Se sentía como Winnie-the-Pooh. Eso le explicaba a la joven Portman, que fantaseaba con esperarle el tiempo que hiciera falta, hasta que por lo menos ella fuera mayor de edad. "Seré tu Winnie-the-Pooh", le decía, es decir, el muñeco que tarde o temprano acaba en una estantería cogiendo polvo, olvidado, el capricho de unos meses que con el tiempo pierde interés. Dicen que soy tu peinado de hoy, que no duraré.

Hutton sabía eso, pero aun así la miraba con su propia cara de huerfanito. Los iguales se reconocen. Eran una pareja entrañable. El problema era que necesitaba crecer. Él sí que necesitaba crecer o al menos esa necesidad era más acuciante porque al fin y al cabo hablábamos de un treintañero y ser un treintañero -todo el mundo lo sabe- es una cosa terrible. De hecho, toda la película era un retrato de inmaduros fracasados, posters de modelos y relaciones tortuosas. Sueños rotos y ese largo etcétera.

La otra gran frase, en un plano secuencia -o casi- espectacular, la decía Rosie O´Donnell, indignada: "Dios le dio a las chicas delgadas culos delgaduchos y a las chicas gordas, tetas grandes. No se andaba con pamplinas. Veis a esas modelos y pensáis que podéis acabar con ellas y os negáis a cualquier clase de compromiso con las mujeres que somos normales". Obviamente, O´Donnell exageraba pero la frase, todo el cabreo en general era sublime: no aceptáis la realidad tal y como es. Beautiful girls y su colección de peterpanes y campanillas. Era una película bonita, ideal para un nostálgico. Por si acaso, y conociéndome, no he vuelto a verla.

Ah, por supuesto, sí, yo también me enamoré de Natalie Portman. Toda mi generación lo hizo, incluyendo a Devendra Barnhardt. Cómo culparnos.